lunes, 4 de abril de 2011

Buen Camino

Escribo esto luego de un largo tiempo de inactividad literaria (si la pretensión me permite llamarlo así), luego de sentirme realmente movilizado por una película que vi con mi comunidad presbiteral, risotto de por medio compartido anoche.

Y esta película trata de emprender un camino, un largo camino, un camino que muchas veces ni nos imaginamos, y encontramos en ese camino los más curiosos personajes que, a fin de cuentas, son los que van a marcar la diferencia en el corre de la vida. Así fue la historia de Tom (el protagonista) emprendiendo el tan venerable y conocido “Camino de Santiago de Compostela”. Pero también le pasa a algunos de nosotros. ¿Cuántas veces nos ponemos en camino? Y a veces sin tenerlo claro. Y sin embargo vamos, en marcha. Porque como decía un lúcido pensador: “el movimiento se demuestra andando”, y la vida es eso: movimiento, andar, siempre adelante. Camine Señora… camine, decía una conocida defensora de los derechos del consumidor.

En este camino de la vida podemos descubrir que muchas veces uno no tiene objetivos claros, ni sabe a veces por qué hace tal o cual cosa. Y en muchos casos también sucede lo del poeta: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Porque a veces la ruta no es clara, o nadie ha pasado aun por ese lugar. Otra veces el desgaste del camino nos hace bajar los brazos, sentimos que nos duelen las piernas, a veces llevamos más peso del que podemos, o peor aún, uno que no es nuestro (claro está que por diferentes motivos: exceso de equipaje, lastre de la panza… cada uno que se ponga el saco que le entre) y que simplemente sería más fácil abandonarlo todo y quedarse al costado del camino, meditando y reflexionando frases que suenan a algo parecido a: “ ¿y todo esto para qué?” “¿No se podría poner fin a este suplicio, este calvario inhumano y cruel que lo humilla a uno y lo rebaja a límites insospechados?”

Pero siempre, y misteriosamente aparece esa fuerza que hace que, aun sin ganas o “sin sentirlo”, sigamos caminando; que sintiéndonos muchas veces vencidos sigamos en movimiento, como aquello de Alma fuerte:

No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.

Curiosa coincidencia: nuestra vaca sigue caminando, hacia algún lugar, como la vida, como la Fe. Nuestro punto de llegada, nuestro fin del camino ya lo sabemos, solo que caminarlo a veces nos desconcierta. Pero sabemos cuál es nuestro destino, cual es nuestra meta, a donde va a parar la vaca y nuestras esperanzas. Y sabemos cuál es el camino, por donde transitar: Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida: el camino que nos conduce al Padre, la verdad que nos hace libres y la vida que nos llena de alegría.

Por eso caminante… si hay camino, y uno muy largo para recorrer aunque no sepamos bien porqué. El camino sirve como la ultima metáfora de nuestra existencia, de nuestra vida. Los pasos a lo largo del trillado recorrido quizás sean nuestra guía, pero no nos esconderá de las preguntas que la mayoría de nuestras ocupadas vidas evitan. El camino ofrece muy poco para esconderse detrás. El proceso de la vida es vida a lo largo de cualquier camino, vía, sendero, recorrido en el que nos encontremos: es vida recorrida. Nuestra humanidad hacia nosotros mismos y hacia los demás, nuestras historias y nuestro futuro es lo que nos hace ser quienes somos. Pues entonces… a caminar la vida. ¡¡ Buen Camino!!

lunes, 28 de febrero de 2011

Defensa de la siesta

Es una regla general de la vida que las cosas son más valoradas cuando están distantes, ya que cuando esto ocurre, la memoria de aquello que amamos hace el deseo se agigante por la ausencia. Algo así me sucedió uno de estos días en los que estuve sin poder dormir durante un par de horas, durante los cuales pude redescubrir con humilde admiración, la grandeza del dormir y, especialmente, del dormir la siesta.
…
Durante mi falta de sueño, recordé que, para el hombre antiguo, todo esfuerzo solo puede tener sentido para alcanzar un descanso, deleite, una paz, que no son sino las formas concretas de llamar a la felicidad. De ahí que lo útil, es decir aquello que se busca como camino a otra cosa, solo puede tener sentido como camino a lo que se busca por su propio valor, que por ello puede ser llamado inútil.
En esta perspectiva, para ellos, el negotium no era sino la negación del otium, ya que la actividad comercial solo tiene sentido como aquello que es necesario hacer para poder dedicarse con tranquilidad a todas aquellas actividades que no producen ninguna utilidad (otium).

A la luz de ello, no es raro que todo hombre antiguo que se preciara de tal debiera dormir la siesta, como lo hizo el mismísimo Dios después de terminar su gran obra de la creación y también Jesús, mientras sus amigos luchaban contra la tormenta.

…
Sin embargo, existe hoy en día la idea, quizá no siempre del todo explícita, que la siesta es una actividad propia de holgazanes que pierden el tiempo. Se afirma que el tiempo es dinero y la siesta, entonces solo puede ser dinero malgastado. Por lo tanto, quien duerme la siesta, únicamente por el deseo de dormir la siesta, es un hombre inservible que derrocha el dinero y el tiempo de todos. Debería ponerse a laburar.
En nuestros tiempos parece muchas veces que lo único que importa es que el individuo produzca y que, cuando no lo hace, se dedique a consumir lo producido. Fuera de ello, nada parece tener sentido.
Como consecuencia de ello la nuestra termina siendo una sociedad en la que la producción solo tiene sentido como medio a otra producción, que, a su vez, solo tendrá sentido como medio a otra producción y así… con el absurdo resultado de un círculo de actividades que no tienen valor fuera del círculo al que pertenecen.
Así sucede con el mismo descanso, que sólo sirve para prepararse a producir más o para consumir lo que se ha producido; así sucede con el domingo, que pasa a ser el amargo preludio del lunes; así, finalmente pasa con el mismo tiempo libre, que si no es instrumentalizado para algo más, carece de sentido propio y termina por aburrir.
Todo debe ser llenado con alguna actividad, no importa lo innecesaria que sea.
Esto se debe a que la producción, al no tener una finalidad más que sostenerse a sí misma y al círculo que crea, no puede detenerse. Por ello, necesita, finalmente, generar la propaganda, es decir un sistema que busca enchufar lo que se ha producido, sin saber por que o para quien, a quien no lo necesita para que lo consuma y no quede arrumbado en un depósito, haciendo perder utilidades a quien lo fabricó.
…

Frente a todo esto, la siesta aparece como una pequeña y humilde revolución, que se levanta como protesta contra el mundo mercantilista en el que vivimos.
Dormir la siesta, únicamente por la alegría de dormirla, es afirmar nuestra soberanía delante del mundo de la producción que busca tragarnos y arrastrarnos a hacer algo útil.
Pero para que ésta sea auténtica la siesta debe ser el reflejo de nuestra vida entera, fundada sobre la convicción de sólo las cosas inútiles pueden ser objeto de un deseo incondicionado, es decir de un deseo que no busca nada más allá de ellas mismas.
Implica, por lo tanto, la renuncia a vivir del consumismo que busca imponernos el mundo de la producción y la aceptación de que lo más importante de la vida no puede comprarse en un supermercado, sino que sólo puede conquistarse como fruto a una vida entregada a todo aquello que aparentemente no vale.
Esta es nuestra pequeña revolución, que comienza con una siesta, pero que no puede detenerse con ella. Porque si es verdad que nos movemos por un verdadero amor a la siesta, y a lo que ella implica como expresión de la dignidad humana, debemos reconocer que todavía existen muchos hombres que no pueden dormirla, ya sea porque la vida les exige salir a buscar su plato de comida, o su trabajo, ya sea porque no tienen una cama en que dormir o una familia o amigos con quien dormirla humanamente. Por eso, puede suceder que nuestro amor a la siesta nos obligue a renunciar a ella. No porque no sea digna de nosotros, sino porque es necesario que todos puedan dormirla, sino hoy, al menos en el descanso eterno que nos espera en el cielo.

 Fundamentos cientificos

martes, 15 de febrero de 2011

Otro error

Esto de andar navegando bibliotecas puede llevarnos, fácilmente, a perder la coherencia. Tantas veces uno puede leer algo y salir a la búsqueda de más sobre eso por el mero afán de saber más sobre un autor, y poco sobre una cosa.

Las bibliotecas son, en efecto, uno de los inventos humanos más propiamente humanos, y, por lo tanto, más atractivos a las mentes que se ilusionan con hacer algo grande. Desde que hubo escritura, el empeño por recopilar textos está asociado a la grandeza de una civilización. Y aunque una y otra vez las bibliotecas desaparezcan (sea por un incendio, sea por… otras causas que no detallaremos), el hombre empezará de nuevo a juntar uno al lado de otro los rollos, papiros o volúmenes que encuentre, a veces fatigosamente, en su camino.

Pero, claro, en este deseo se puede mezclar el ansia de tener todo. Y esto está estrechamente relacionado con el hecho de producir textos por producirlos, como si escribir un libro fuera una gloria y no una responsabilidad. Así, no sería raro que dentro de 500 años (no queremos tomar ejemplos de la actualidad), cuando mucho de lo que conocemos no esté en pie, un estudioso pueda relatar:

“En la reconstrucción del texto cuyas hojas estaban dispersas bajo las ruinas de lo que fue la ciudad de…, pudimos leer, no sin esfuerzo, este pequeño poema, el cual, aparentemente, pertenecería al comienzo del siglo XXI, pródigo en barbaries:

Otro error, y me dije: de nuevo estoy al horno

en tierra extranjera, porque hablo, perplejo

(sin poder expresar eso que quiero y pienso)

una lengua inventada que se llama ‘itañolo’.

“Más allá del abuso del verso alejandrino, y del incipiente uso de la rima, manifestado claramente en el abuso de apenas la coincidencia vocálica, aun relativa, puesto que entre el segundo y tercer verso ni siquiera se realiza plenamente, lo que más nos interesa –y nos parece, sin temor a error, revolucionario– es la utilización de paréntesis.”

En situaciones análogas a la que hemos inventado, podemos escribir inmensidad de textos sobre detalles, curiosos, pero irrelevantes.

No sé si el autor del poema, más que un literato, fue un hombre que anduvo por ahí, perdido, falto de lengua para expresarse, y, por lo tanto, incapaz de un diálogo fluido, suelto, amistoso, plenamente humano. Pero sí sé que la fealdad del poema es mucho más evidente que el uso de paréntesis. O que el dato de ser extranjero es mucho más importante que la presencia de paréntesis. Es más, esta última podría explicarse porque el autor perteneció a una cultura diversa de aquella en la que, bajo las ruinas de una ciudad, quedaron sus papeles.

En fin, navegar por una biblioteca tiene sus riesgos, como toda aventura náutica. Podemos adorar el detalle y olvidarnos del conjunto. Podemos juntar y juntar datos y citas, sin importar lo que dicen. Podemos armar un discurso completo, lleno de referencias a otros, y vacío, absolutamente vacío, de contenido.

El gran dilema, parece ser, acercarse y buscar la verdad de lo dicho. Sé que dije una palabra que suena mal. ‘Verdad’; sí, la dije; y no me arrepiento. Y, dadas como están dadas las cosas, parece ser que el contrario del término ‘verdadero’ ha pasado a ser el de ‘interesante’. De una proposición lo que se espera es que sea verdadera o falsa, no interesante. Pero cuando en un discurso no queremos involucrarnos de lleno, y solamente pretendemos seguir con nuestra vida tranquila sin la pesada carga de disentir, lo calificamos de ‘interesante’. Es la mejor manera de dejar contento al interlocutor, y de volver nosotros a nuestras casas, continuando con nuestra burguesía intelectual, cómoda en el sillón de las pequeñas ideas políticamente correctas.

Porque, en el fondo, leer un libro puede insertarnos en la mente de un autor, conocer sus apreciaciones, pero, ante todo, nos tiene que llevar a pensar lo que él pensó. O sea, si no asumo la tarea de hacer mío eso que leo para pensar sobre las cosas que él pensó (sean las estrellas, el lenguaje, el arte o la termodinámica, o aún la belleza poética) y de valorar eso que dice de verdadero (lo bello lo dejamos para otra ocasión, que ese es otro tema), y eso donde no parece tan real, ¿qué sentido tiene el leer? ¿para qué el esfuerzo de estar allí, delante de un libro? ¿cuál es el objetivo de acopiarlos en bibliotecas?

Las bibliotecas son mares inmensos, dilatados, atractivos –el paraíso, según Borges–, que nos ofrecen la posibilidad de perdernos en ellos, y renunciar a ser hombres para pasar a ser máquinas de citar, o nos invitan a navegarlos, sabiendo que podemos equivocarnos, pero que también podemos ir rastreando, en las olas de sus anaqueles, las huellas de todo lo que bien han dicho los hombres sobre el mundo, sobre sí, sobre Dios, para poder nosotros mismos ser más humanos y, en vez de meramente repetir, razonar.

martes, 29 de junio de 2010

Celebrar la diversidad

Celebrar la diversidad. Qué cosa más curiosa, no? Que bárbaro. Un hermano Mayor en la Fe, un hijo de Abraham, un Pastor que conduce a su pequeño rebaño nos invita a celebrar que somos diferentes: a pasar del tolerarnos al aceptarnos, para después festejarnos. Qué cosa más notable y más simpática es que lo haya oído y, en cierta manera “descubierto” en un retiro, en mi retiro de pre-ordenación.

Uno sabe de sobra, y basta mirar al resto y pensar –y a veces hasta decirlo con alivio- “qué bueno que no hay dos iguales”, “qué bueno que soy único, diferente”. Aquí está la magia. Uno sabe de sobra y hasta en la misma naturaleza que las cosas no son iguales: no es lo mismo una zalea que una alegría del hogar, no es lo mismo un cedro que un pino, un peludo que una mulita, aunque a veces se parezcan. NO SOMOS IGUALES.

Así tampoco somos, como a más de uno le gusta decir, masa. Somos individuos y bien diversos, con sus propiedades, virtudes, defectos, con sus roles bien definidos, con un plan y una vocación pensada desde siempre para cada uno de nosotros.

Celebrar la diversidad. Celebrar que somos distintos, que el otro puede pensar diferente que yo, que otro pueda tener diferentes gustos: que sería de la humanidad si a todos nos gustara la opera, o el reagge... Mamma mia. Diversidad y reconciliación: deber y derecho de todos para todos. A no tener miedo a los otros, que no es el infierno, como solía creer y decir un famoso francés angustiado.

Así Dios nos eligió: diferente, para que seamos hijos suyos y que seamos pero diferentes pero con un centro común: Jesucristo. ¡qué linda es la diversidad! Somos una gran Arca de Noé, pero vamos todos adentro; viajemos juntos antes de que se largue a llover. Hay lugar para todos!

miércoles, 26 de mayo de 2010

La negación del gato.

Leyendo una publicación en Facebook, me encuentro con un artículo que sacó el diario clarín, acerca de un tema tan viejo como el mismo hombre: el dilema del mal, y el papel que Dios juega en este dilema. Dilema que nunca se ha respondido de forma que la respuesta conforme a todos. Aun así, mucha gente se pregunta ¿por qué? ¿Por qué tanto mal? ¿Por qué tanto dolor? ¿ por qué tanto sufrimiento inocente?

Ante tanta ira contenida y con la urgente necesidad de respuesta, echamos mano a la solución más inmediata que podemos concebir: o Dios no existe, y nada tiene control más que el de la propia naturaleza; o ese ser supremo es una mente perversa y sádica que goza con la desgracia de su creación.

Ciertamente las leyes de la naturaleza poseen una dinámica interna bien calibrada, y cuando se descalibra, te para factura. Ese equilibrio tuvo que ser calibrado por Alguien: nada hay tan, pero tan ordenado en la naturaleza que no haya necesitado de algo (o Alguien) para ser, y ser armónico. Nada hay tan bello y bueno que no haya sido pensado por Alguien.

Es cierto que sería necio el negar que el mundo, la Creación sufrió paulatinamente cambios hasta llega a ser lo que es. Pero o es cierto que todo siga el frio y mecánico devenir e la física y la química. Aquel por el cual somos, nos movemos y existimos gobierna todo con su providencia y en su providencia, en la que vivimos. Pero Dios le dio al hombre la responsabilidad y el honor de cuidar y hacer producir la tierra y todo lo creado. ¿Qué hicimos? Que fácil delegar responsabilidades cuando no hacemos lo que nos toca. ¿Cambios climáticos? ¿Inundaciones? ¿Tormentas? ¿Culpa de Dios que izo todo bien? ¿O nuestra, que hacemos las cosas mal y destruimos lo que nos fue dado? Pero ante esto… ¿Qué decimos?: Dios es una mentira, un fraude, algo irreal que no existe.

Esta nota intenta ser respuesta a un desafío que se plantea sobre la palestra. Quizás no seré digno de desafiar, pero hasta un mal tirador se dignifica si acepta su duelo. Este es el duelo: reconocer un hecho, algo real, sin deslindar en otro lo que a cada uno le corresponde.

A los maestros modernos de la ciencia se les inculcaba la necesidad de comenzar toda investigación, todo discurso, con un hecho. Los antiguos maestros de la religión también veían la misma necesidad. Ellos comenzaban con, por ejemplo, el hecho del pecado (algo tan real y práctico como las papas, como dice nuestro amigo Gilberto). Por ejemplo, si el hombre podía bañarse o no en aguas milagrosas, es cosa de uno. Pero algunos niegan, no el agua altamente discutible, sino negar la indiscutible suciedad; afirman en su escrupulosa “espiritualidad” que admiten la divinidad y la impecabilidad, que ni siquiera pueden ver en sus sueños, pero niegan el pecado humano, que puede ver a cada rato en las calles y sus consecuencias.

Los santos más grandes y también los escépticos más duros tomaron el mal real como punto de partida de sus argumentos, y lo vemos en cada artículo a diario: vemos aberraciones humanas y culpamos a Dios por haber hecho al hombre libre y con capacidad de elegir por medio de sus actos, de elegirlo a El o no. Y sin embargo nos quejamos, o más fácil aun: negamos todo. Pero si es verdad, como dice Chesterton (y creo que lo es ciertamente) que un hombre puede sentir un gusto exquisito al despellejar un gato (algo repugnante y desagradable que muestra lo trastocado de los gustos e inclinaciones del hombre), entonces podemos sacar dos conclusiones: o bien negar la existencia de Dios, como hacen los ateos en vez de ver la propia miseria y el propio desorden, o bien debemos negar la unión presente entre Dios y el hombre, afirmada por los cristianos. Los nuevos “intelectuales populares” (que opinan porque el aire es libre), parecen pensar una solución mucho mas racionalista y simple, y niegan al gato.

Dios existe muchachos, y tiene un plan para nosotros, creamos en El y creámosle a El, que es el único que no nos miente. Y no seamos tan tajantes en nuestras sentencias, sin detenernos a contemplar, más allá de lo que nuestros ojos pueden ver. Porque el necio afirma, pero el sabio mira y reflexiona. Creer y discernir, porque, en definitiva, el hombre que no cree en Dios, que dice que no cree en nada, termina creyéndoselo todo.

martes, 10 de noviembre de 2009

LAS AZALEAS

Ponerle nombre a las cosas parece ser que ha sido una tarea humana de siempre. Desde Adán hasta nuestros días, hemos ido recorriendo una realidad tras otra nombrándolas, dándoles una denominación que las signifique y que nos permita, de algún modo, poseerlas.
A la vez, aunque parezca repetitivo, la posesión del nombre nos capacita para poder hablar de las cosas. Pero sucede, y es bastante frecuente, que hablamos de ellas para poder hablar sin más, esto es, para estar en la conversación, desatendiendo a los focos alrededor de los cuales, como una elipse, se describen los discursos.
Y descubrimos esto cuando estamos afuera de la elipse, cuando desconocemos los focos.
Así, en la casa en la que vivo, parece ser que crecieron unas hermosas azaleas, puesto que desde mi ventana podía oír las exclamaciones de admiración de cuanta gente pasaba, especialmente de sexo femenino, al ver a esas dichosas cosas denominadas de esa manera. Claro está que me di cuenta que eran plantas, porque las delataba el modo en el cual las personas se referían a ellas. Pero mucho no me importaron, hasta que quede envuelto en una conversación sobre ellas.
Sucedió, pues, que en un diálogo que versaba sobre las diversas plantas de la casa, diálogo del cual yo me encontraba incómodamente ausente, apareció la palabra azalea. Esa fue mi humilde oportunidad de entrar en tema. “¿Cuáles son las azaleas?”, pregunté tímidamente. “¡Son esas flores que se ven desde tu ventana!”, recibí por respuesta del dueño de casa, el cual, por otra parte, percibió tiempo atrás mi poca comprensión del tema.
Cuando volví a la habitación, abrí la ventana. Allí estaban las flores. En verdad, eran hermosas. Se trataba de dos plantas iguales, pero de diferente coloración; dos colores que, por otra parte, no puedo definir con seguridad por defecto del órgano de la visión.
Y al otro día me encontré hablando de ellas con la soltura de un floricultor portugués, pero, ¡oh asombro!, no se trataba de hablar de ellas, sino que ellas eran el motivo para hablar con otra persona. No intentaba describir la belleza que desde mi ventana se veía, sino embellecer mi discurso para impresionar a mi interlocutor con mi sabiduría de la naturaleza.
¡Extraña parodia la humana, en la que las cosas quedan mediatizadas para hacer del hombre un gran hablador! Somos como una elipse sin focos, donde los puntos que describen la curva tienden a la dispersión, porque no saben sobre qué otros puntos giran.
De este modo nos ponemos nosotros en el centro, mientras que las cosas sobre las que tanto hablamos se desvanecen. Nos quedan sus nombres, sí, pero como fórmulas que están al servicio de nuestro enaltecimiento. No nos importa el contenido, lo que queremos es la forma exterior.
Y la experiencia de las azaleas puede, analógicamente, aplicarse a muchas otras situaciones: no nos interesa la gente de Samoa, sino saber que allí ocurrió un tsunami que dejó muchos muertos; no nos importan los bienes del matrimonio K, sino poder sumarnos a las voces que los defenestran; nos da lo mismo si en el Chaco la gente se muere de hambre, lo que importa es poder hablar de ello, no estar afuera de las conversaciones.
Podríamos seguir por nuestras ocupaciones: si somos literatos, no importa el contenido de un libro, sino mostrar que lo leímos; si somos economistas, no importan las teorías acerca del mercado y sus repercusiones reales, sino mostrar que las sabemos; si somos psicólogos o médicos, no importan las personas, sino los casos típicos; si somos teólogos, no importa el Dios que revela sino mostrar que sabemos la letra chica de lo que Dios revela; si somos filósofos, no importan las cosas, sino los nombres, y más si están en alemán.
De esta manera importunamos a las cosas circunstancialmente para extraer de ellas lo que nos sirve para transformarnos nosotros en los focos de la elipse: sus nombres. Hablando nosotros de ellas, acabamos nosotros hablando de nosotros mismos, de cuánto sabemos, de cuánto somos. Y las elipses tienden a transformarse en circunferencias, eliminando un foco y sólo quedando un centro: mi propio YO. Este es nuestro mayor logro: eliminar al interlocutor y sólo nosotros constituirnos en principio y fin de las conversaciones. Satisfechos de este modo, nos sentimos poderosos, porque no sólo poseemos a las cosas, sino al otro, al que escucha nuestra vana palabrería y queda subyugado por nuestro saber. Saber que, en lo profundo de nosotros mismos, es conciente de su fugaz valor.
De las azaleas aprendí algo; hay gente que, conociéndolas, es capaz de volverse a ellas con humilde admiración, y de repetir esta operación una y mil veces. Yo las miré una vez, y me llene de vacua ciencia. ¡Cuánta humildad aprendemos de esas personas! Volver a sorprenderse por los colores que no puedo describir, volver a fijar la mirada en las cosas, ¡cuánto purificaría nuestras conversaciones! Volver a describir la elipse de los discursos alrededor de sus focos reales, ¡cuánta simpleza nos haría ganar, cuánta franqueza! Quizás, hasta descubriríamos que nuestro interlocutor tiene algo para decirnos. Y que nuestro Creador nos sigue llamando, desde estas minucias, a ser humildes, y a descubrir la grandeza de nuestro ser. Seremos más humanos cuanto más nos apliquemos a ser simplemente humanos. Y así resplandeceremos verdaderamente: como las azaleas, que dejan atónitos a cuántos las contemplan, no pretendiendo más que ser ellas mismas.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Estar ahí… justito.

Nunca me lo hubiera imaginado, pero pasó. Y todo por bajar las escaleras. Y ahí los encontré, charlando en las galerías vaya a saber de qué disquisiciones metafísicas, ¿o era sobre la vida? Se igual… diría un filosofo popular argentino. La cuestión que ahí estaba yo, con ellos, mis amigos, sumándome a su charla, no sin un dejo de asombro, porque… ¿qué hacia un tipo como yo hablando de la vida con ellos, que generalmente llegan más alto en sus elaboraciones? No sé, pero ahí estaba yo, justito ahí.

Cuando llegó el momento, ellos se dispusieron a partir, rumbo a quien sabe dónde, y sucedió, no sé cómo, pero sucedió. ¿Habrá sido por caridad? ¿Habrá sido por pena? ¿Habrá sido por munificencia? Quién lo sabe. Pero se dio. Por estar ahí, justito ahí, me llegó la oportunidad, esperada ciertamente, aunque no sin un poco de temor por compartir espacio con ellos. Y aquí estoy, escribiendo esto gracias a aquello, por estar ahí, justito ahí. Con el pasar de los días, en mis pensamientos vagabundos, me he puesto a pensar en este suceso, y como será de importante que hasta me invitaron a cenar, y todo por estar ahí, justito ahí. ¡Qué grande es estar!

Y aquí la grandeza de la vida, que a veces consiste en estar, en salir, en caminar, en encontrarse con esas personas que por caridad o por pena, por amistad o vaya a saber qué, lo suman a uno, lo integran y lo hacen formar parte de algo mas grande. Eso es: estar en el lugar indicado. ¿Casualidad? No, Providencia. Esa moción inexplicable que nos hace movernos y estar donde El quiere que estemos, para hacer lo que El quiere que hagamos, que sin duda es la realización de todos nuestros ideales. Pero hay que ir, hay que ponerse en camino, hay que salir al encuentro, hay que emprender la marcha y dejarse llevar, aceptar la invitación que nos hace El, solo por estar ahí. Y maravillosa coincidencia… ¡también nos invita a comer!

Bendito el lugar y el motivo de estar ahí… bendita la coincidencia! Hoy escribo para ustedes, mis amigos. Este es mi estreno, mi bautismo, aunque espero con ansias la cena en donde me sentiré parte completa de este grupo de amigos, que camina en una misma dirección y se juntan a compartir su vida. Así como pasa con El, que nos hace plenos en su Cena. Qué maravilla… ¿qué me dicen? Y todo por estar ahí... justito.