lunes, 2 de noviembre de 2009

Estar ahí… justito.

Nunca me lo hubiera imaginado, pero pasó. Y todo por bajar las escaleras. Y ahí los encontré, charlando en las galerías vaya a saber de qué disquisiciones metafísicas, ¿o era sobre la vida? Se igual… diría un filosofo popular argentino. La cuestión que ahí estaba yo, con ellos, mis amigos, sumándome a su charla, no sin un dejo de asombro, porque… ¿qué hacia un tipo como yo hablando de la vida con ellos, que generalmente llegan más alto en sus elaboraciones? No sé, pero ahí estaba yo, justito ahí.

Cuando llegó el momento, ellos se dispusieron a partir, rumbo a quien sabe dónde, y sucedió, no sé cómo, pero sucedió. ¿Habrá sido por caridad? ¿Habrá sido por pena? ¿Habrá sido por munificencia? Quién lo sabe. Pero se dio. Por estar ahí, justito ahí, me llegó la oportunidad, esperada ciertamente, aunque no sin un poco de temor por compartir espacio con ellos. Y aquí estoy, escribiendo esto gracias a aquello, por estar ahí, justito ahí. Con el pasar de los días, en mis pensamientos vagabundos, me he puesto a pensar en este suceso, y como será de importante que hasta me invitaron a cenar, y todo por estar ahí, justito ahí. ¡Qué grande es estar!

Y aquí la grandeza de la vida, que a veces consiste en estar, en salir, en caminar, en encontrarse con esas personas que por caridad o por pena, por amistad o vaya a saber qué, lo suman a uno, lo integran y lo hacen formar parte de algo mas grande. Eso es: estar en el lugar indicado. ¿Casualidad? No, Providencia. Esa moción inexplicable que nos hace movernos y estar donde El quiere que estemos, para hacer lo que El quiere que hagamos, que sin duda es la realización de todos nuestros ideales. Pero hay que ir, hay que ponerse en camino, hay que salir al encuentro, hay que emprender la marcha y dejarse llevar, aceptar la invitación que nos hace El, solo por estar ahí. Y maravillosa coincidencia… ¡también nos invita a comer!

Bendito el lugar y el motivo de estar ahí… bendita la coincidencia! Hoy escribo para ustedes, mis amigos. Este es mi estreno, mi bautismo, aunque espero con ansias la cena en donde me sentiré parte completa de este grupo de amigos, que camina en una misma dirección y se juntan a compartir su vida. Así como pasa con El, que nos hace plenos en su Cena. Qué maravilla… ¿qué me dicen? Y todo por estar ahí... justito.

lunes, 5 de octubre de 2009

Los finales de Hollywood

Los niños son inocentes y aman la justicia.

La mayoría de nosotros, por otra parte, somos malvados, y preferimos la misericordia.

(Sobre dioses domésticos y duendes, G. K. Chesterton)

Algo que detesto de las películas norteamericanas es el famoso final feliz. La vida no es así. No es verdad que los buenos triunfen siempre y que el más humilde de todos se quede con la chica más linda. No es verdad que todo tenga que resolverse siempre de la manera más mágica para llegar a la última pantalla feliz.

¿Por qué falsear la vida? ¿no es mejor la realidad? ¿y no es mejor la realidad a pesar de todas sus dificultades? ¿a quién le importa una historia que sólo puede darse en las películas?

Yo me quedo con la realidad. Aunque debo confesar que el hecho es misterioso. El misterio se encuentra en que, aunque a mi no me gusten algunos finales insostenibles, a nadie le gustan los finales infelices. Nadie quiere que a los buenos les vaya mal; ni que el malo se case con la linda. De algún modo necesitamos el happy end.

¿No es un gran misterio que todos nos inclinemos sin ningún esfuerzo por los buenos? ¿Qué si el director quiera inclinarnos contra alguien baste con mostrárnoslo como alguien injusto y sombrío? ¿No es un misterio que absolutamente NADIE hinche por los malos?

Quizá esto se deba a algún origen común, quizá se deba a que todos descendemos de una tierra donde sólo existen los finales felices o que los malos no triunfan nunca y que cuando venimos a la tierra conservamos la nostalgia de todo aquello. Quien sabe.

Este misterio se hace más profundo en los niños. Una obra para niños con final triste y terrible va condenada al fracaso. Los niños solo quieren finales felices, y no les importa que el final sea insostenible. El príncipe debe casarse con la princesa. Los malos deben ir a la cárcel. Debe haber justicia. Y si para eso es necesario violar todas las leyes de la física y de la materia no importa. Los buenos deben triunfar aunque pierda Newton.

Quizá los niños no soportan que los malos triunfen porque están todavía más cerca del origen. Quizá todavía no han tenido suficiente contacto con la realidad como para aceptar que también pueda haber finales tristes. Quizá todavía pretenden que la realidad es algo salido de las manos de un gran mago que ha encantado el mundo y ha escondido en él un secreto que todos debemos buscar y descubrir. Y quizá por eso todavía lo busquen en las películas.

Quizá es porque todavía no han hecho la suficiente experiencia de que la realidad no es así como en las películas; que los buenos no sólo no triunfan sino que muchas veces pasan por tontos; y que los finales felices sólo existen para unos pocos.

Quizá es así porque no han crecido lo suficiente…

Pero quizá no sea, como tendemos a creer, que los niños todavía no se han desencantado del mundo, sino que en ellos todavía permanece nuestra primitiva imagen, todavía no gastada por el peso de los años. Quizá somos nosotros lo que hemos perdido la inocencia original. Quizá ellos sean el reflejo del hombre verdadero que no puede renunciar a los finales felices.

A pesar de que todos hemos crecido y envejecido, sin embargo, también es verdad que nunca hemos dejado de ser niños. Tampoco nosotros hemos abandonado aquella nostalgia de que los finales felices sean la última verdad. Todavía conservamos en el fondo del corazón un deseo irrenunciable de que sean los buenos los que triunfan, al menos al final de la Película.

Y por eso, aunque tengamos esta añoranza muy cubierta por el polvo de los años que nos han envejecido, ésta nunca deja de vivir en la profundidad de nuestro yo. Y entonces, aunque viva disimulada y silenciada por el peso de la rutina, aflora cuando nos sentamos a ver una película. Quizá, es entonces cuando más nos acercamos a nuestro origen y recordamos quienes somos.

La demostración de que algo así existe es que una industria tan desalmada como Hollywood hace siempre películas con finales felices, por la sencilla razón de que son las que más venden. Los ejecutivos son personas envejecidas, pero que saben qué es lo que vende. Qué es lo que las personas quieren ver.

Es verdad que los finales de Hollywood no me gustan porque no reflejan la realidad. Es verdad que no es común que los buenos triunfen y que el bueno y lindo se case con la fea.

Pero quizá esto sólo sea el principio de la película. Quizá la realidad que nosotros alcanzamos a ver con nuestros ojos sólo sea una escena triste de una Pelicula mayor que termina con un final feliz. Quizá los niños tengan razón y los finales tristes no existen porque en realidad no son finales. Todavía falta mucha cinta que correr…

Si esto fuera así entonces quizá el Mago que ellos buscan exista de verdad; quizá el mundo fue pensado para terminar en un final feliz… y por eso los hombres, actores protágonicos de este drama que parece no terminar nunca, no podemos renunciar a buscar al Héroe que nos venga a liberar.

Quizá este héroe ya ha venido al mundo. Quizá lo hayan matado en una cruz para salvar a su rápida noviecita (Os 2).

Si así es, todavía no termina la historia… todavía falta la segunda parte. Sólo que a diferencia de lo que nos enchufa Hollywood, esta va a ser mucho mejor que la primera.


 

jueves, 1 de octubre de 2009

El instrumento

Dios me ha dado muchas habilidades, y otras tantas no me ha dado. De las primeras podría enumerar la capacidad de…, o la facultad de…, o la pericia para… Bueno, alguna debe haber, sólo que está muy muy escondida. De lo que sí estoy seguro es que la habilidad artística no está en mi lista, como ya he dicho otra vez. Pero, a pesar de mi falta de aptitudes para el arte, no me dejo vencer por ello y sigo insistiendo, para el deleite mío y el sufrimiento de otros.
Hoy quiero referirme a mis condiciones vocales. La música me encanta y disfruto enormemente de ella, pero no tengo una gran voz. Igualmente, esto no me impide cantar. Mi voz es mi instrumento, un instrumento medio defectuoso, pero instrumento al fin.
La cosa no termina allí, porque no sólo me animo a cantar, sino que además formo parte de un coro. Sí, ¡un coro! Como diría cierto periodista, ¡qué país generoso! Lo que me consuela es que dentro de este coro están las voces “estelares” y las voces del montón, que, gracias a Dios, somos varios. Lo cual hace que no seamos el Coro de niños cantores del Tirol, ni el coro de Fundación “Cathedrarius”, pero nos defendemos un poco.
Contra todos los pronósticos, a veces, y sólo a veces, salen cosas perfectas. Sólo aquellas veces que afinamos y seguimos lo que nos va marcando el director, quien no se cansa nunca, pero nunca, de corregirnos. Con sus manos va marcando el ritmo, el volumen de voz que tenemos que llevar para darle una belleza única a cada melodía, e incluso nos va indicando qué canción hemos de seguir. Así, habrá estrofas que iremos más rápido y otras que iremos más lento; habrá momentos que cantaremos más fuerte y otros que cantaremos suavemente. Todo nos llega a través de sus manos.
Cada vez que seguimos lo que el director nos va marcando con sus manos salen canciones admirables, y cantamos juntos como un solo instrumento. Literalmente, nos ponemos en sus manos.

En una ocasión mientras cantábamos, una imagen vino a mi mente: Dios como director de nuestras vidas. Así como seguir las indicaciones del director del coro es garantía de una buena performance, seguir los caminos de Dios es garantía cierta de que nuestra vida saldrá bien. Nuestro instrumento puede ser imperfecto, humano, pero Dios saca buenas notas de él. ¿Acaso no escribe derecho en pentagramas torcidos? Dios quiere guiar nuestra vida, nosotros simplemente tenemos que seguir aquel camino que Él nos indica. Habrá momentos más complicados y momentos más simples, momentos que requerirán grandes esfuerzos nuestros y momentos que nos abandonaremos totalmente en sus manos.
“Cantar la melodía de Dios” hará que crezcamos como personas, que avancemos por sus caminos. Para que podamos crecer como “coro”, tenemos que “cantar” todos en conjunto, siguiendo lo que el Director nos revele, para poder armonizar esta sociedad que tan desafinada está.

San Agustín nos enseña cómo hemos de cantar a Dios: “No te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.
El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos”. (Salmo 32, sermón 1, 7-8)

El viernes pasado ensayamos una canción “Jubiláte Deo, cantáte Domino” (= Aclamen a Dios, canten al Señor). Es a tres voces, que luego de algunas repeticiones y algunos retos del director, salió. Por lo pronto, espero poder afinar algún día mis condiciones musicales para poder dar mayor gloria a Dios con ellas, pero más espero poder dar gloria a Dios con mis acciones siguiendo el ritmo que Él me va marcando, poniéndome en sus manos. Para poder cantar al Señor con júbilo, para poder aclamar a Dios. Para poder ser un instrumento dócil en las manos del Padre.

domingo, 15 de marzo de 2009

"Lo maravilloso y el poste de Madera", breve defensa del realismo por G.K. Chesterton

La tierra de los colores, Londres, 1912.

[Breve resumen del pensamiento de Chesterton a partir de un golpe en la cabeza con un poste, que podría servir como declaración de principios del blog]

La noche negra había cerrado mi casa y mi jardín con persia­nas de pizarra primero y de ébano después. Yo estaba pasando al interior a través del espacio cuadrado teñido con el brillo de la ventana iluminada, cuando me pareció haber visto algo nuevo desprendiéndose del suelo. Me incliné para observar. Al hacer eso di con mi cabeza contra un poste y vi las estrellas. Estrellas del séptimo cielo, estrellas del firmamento secreto y supremo. Ciertamente parecía, cuando se me alivió el pequeño dolor, pero antes de que me pasase por completo, como si hubiese visto algo escrito en un alfabeto astral, al­go que anteriormente nunca había comprendido con tanta claridad. Una verdad referida a los misterios ya la mística que había conocido a medias durante mi vida. No voy a ser capaz de reproducir con pala­bras esa idea en estas páginas, porque esos raros estados de ánimo de clarividencia son siempre fugitivos. Pero lo intentaré. El poste aún está allí, pero las estrellas en el cerebro se están apagando.
Cuando era joven escribí muchos poemitas, principalmente acerca le la belleza y la necesidad de lo maravilloso; ése era en mí un sent­imiento genuino, y todavía lo es. El poder de contemplar los seres y los paisajes simples en una especie de luz solar de sorpresa; el poder de dar un salto a la vista de un pájaro como ante una bala alada; el poder de ser arrastrado a la quietud por un árbol o por el gesto de una lana gigantesca. En una palabra, el poder de chocar poéticamente con la propia cabeza contra un poste, es algo que es diferente en distintas personas y puedo decir, sin engreimiento, que es parte de mi propia naturaleza humana. No es un poder que implique una fuerza artística; todavía menos, una exaltación espiritual. Hombres que son religiosos en un sentido para mí demasiado sublime, tampoco lo tienen. Muchos profetas y hombres muy rectos, que han tratado de ver esto en un guijarro del camino o en una ramita del cerco, no lo han conseguido. Es un don pequeño y especial. Es algo inocente. [..]
Yo sentía que el misticismo moderno estaba en plena contradicción con el mío. Yo sentía sim­plemente que el misticismo moderno estaba en plena contradicción con el mío, más aún que el materialismo. Continué sintiendo así. Me llevó mucho tiempo darle a eso siquiera una oscura expresión. Nunca hallé una ex­presión realmente vívida hasta que di con mi cabeza contra el poste. La expresión que llegó entonces a mis labios, estoy ahora, como dije, olvidándola lentamente.
Lo que encontré finalmente acerca de nuestra mística contempo­ránea es lo siguiente. Cuando ellos decían que un poste de madera era maravilloso (un punto sobre el que, espero, todos estamos de acuerdo), querían decir que, pensando en él, eran capaces de hacer con él algo maravilloso. "Un sueño; no hay ninguna verdad -dijo Mr. Yeats-, sino en nuestro propio corazón". El místico moderno buscaba el poste, no afuera, en el jardín, sino adentro, en el espejo de su mente. Pero la mente de un místico moderno, como el vestidor de un dandy, estaba enteramente compuesta por espejos. De este modo, el vidrio repetía al vidrio, como puertas que se abren hacia adentro para siempre; hasta que uno apenas puede ver esa cámara interior de la irrealidad, donde el poste hace su última aparición. Y dado que los espejos del místico moderno eran en su mayoría curvos y muchos de ellos estaban rajados, el poste, en su última imagen, parecía cualquier cosa: una canaleta, el árbol del conocimiento, la serpiente marina puesta en forma vertical, una columna arquitectónica retorcida, etc., etc. De allí tenemos a Picasso y un millón de puerilidades. .
Yo nunca estuve interesado en los espejos, es decir, nunca estuve interesado primariamente en mi propio reflejo, o reflejos. Estoy inte­resado en postes de madera, que me sorprenden como milagros. Estoy interesado en el poste que me está aguardando fuera de la puerta de mi casa, para darme un golpe en la cabeza, como el garrote de un gi­gante en un cuento de hadas. Todas las puertas de mi mente se abren hacia afuera, hacia un mundo que yo no construí. La última puerta de mi libertad se abre a un mundo de sol y objetos sólidos, de aventuras objetivas. El poste en el jardín, algo que yo ni pude crear ni podía es­perar. Luz solar plena y fuerte, sobre una madera parada rígidamente. Es algo hecho por el Señor y es algo maravilloso para nuestros ojos.
Cuando los místicos modernos decían que les gustaba ver un poste, querían decir que les gustaba imaginarlo. Son mejores poetas que yo: lo imaginaban tan pronto como lo veían. Yo podría ver un poste mucho antes de haberlo imaginado y, como ya dije, podría sentirlo antes de verlo. Para mí el poste es maravilloso simplemente porque está allí, sea que a mí me guste o no. Perdí la razón por un poste. Si me hubie­ra quedado ciego por un rayo, el poste seguiría estando allí, como la substancia de algo que no es visto. Lo sorprendente del universo es que existe, no que podamos discutir su existencia. La espiritualidad real es un testimonio de este mundo tanto como del otro. El universo ma­terial realmente existe. El cosmos todavía se agita hacia su último ex­tremo, desde aquel gran puntapié que el Dr. Johnson le dio a la piedra cuando desafió a Berkeley. El puntapié no era filosofía. Era religión.
Actualmente los místicos a mi alrededor no tienen esa viva fe de que los objetos son fantasías, porque son hechos reales. Ellos desean, al igual que todos los magos, controlar los elementos, ser el Cosmos. Ellos quieren que las estrellas sean sus ojos omnipresentes, y los vien­tos, sus lenguas largas y firmes plenamente desplegadas. Por eso son partidarios de los crepúsculos y de todos los puntos medios, oscuros y fronterizos en donde los objetos se funden unos en otros. Un punto en el que el hombre se hace tan grande como la naturaleza y, lo que es peor, tan impersonal como la naturaleza.
Jamás yo me sentí propiamente impresionado por el misterio de los crepúsculos, sino más bien por el acertijo de la luz del día, tan grande y tan sorprendente como la esfinge. He experimentado esto en edificios grandes y desnudos contra un cielo azul, en casas altas destrozadas o aun vacías, frente a grandes muros grisáceos bañados con una luz cálida como con un monstruoso pincel. Uno parecía haber llegado al fondo de todo. Y todo tenía esa extraña y altiva indiferencia que es propia solamente de las cosas que son… Usted ve que no dije lo que quería decir. Pero si usted acepta que mi cabeza y el poste son igualmente maravillosos, le doy permiso para que diga que son igual­mente de madera.

sábado, 27 de diciembre de 2008

¡¡¡Santas tabletas asesinas, Batman!!!

Esto ocurrió una noche de verano. Recuerdo que hacía calor, pero no tanto como para perturbar mi sueño. Había sido una jornada agotadora en la que la cama se presentaba como un placer digno de un Dios del Olimpo. Uno de esos pequeños placeres que a menudo se nos presentan en la vida y que, en el fondo, son los que tejen la trama más importante porque los grandes placeres sólo ocurren pocas veces. Y la verdad que mejor que sea así: Un gran placer repetido es uno común y corriente, por más exquisito que sea.
Con esta disposición, y esta esperanza, me puse el pijama (un short para ser exactos), me cepille los dientes, rece el oficio y me entregué confiado en los brazos de Morfeo. Pero parece que había salido de compras... porque no lo encontré.
En vez suyo me encontré con un personaje bastante menos simpático. No bien apague la luz y suspiré por la gracia de poder disfrutar de una cama, comenzó la tortura. Primero fue algo así como una premonición, casi imperceptible, por lo que todavía dude de su existencia. Con el correr de los minutos la sospecha se fue tornando en certeza, acompañada por un zumbido cada vez más claro y fulminante. Pasado un momento más, la duda se despejó totalmente: había un mosquito en la pieza y volaba por el aire acechando el momento para picar. Yo no sé que es lo que molesta más, si su zumbido y su pequeño ruido o la amenaza de la picadura que se avecina. Lo que es seguro es que el alma pierde toda paz. Y habiendo el alma perdido toda paz ya no se puede dormir tranquilo: ¿cuándo dará su zarpazo? ¿Cómo acabar con él? A esta desesperada situación se le agregan algunos pequeños detalles que hacen la cosa más trágica. Ya detectado el enemigo, debe comenzar el contraataque. Primero se emplea una defensa conservadora, en la que se espera al agresor y se lo intenta eliminar con golpes de puño. El producto de tal acción es calamitoso: algunos principios de moretón en la cara y una aplastante derrota (nunca escuché que alguien tuviera éxito en esta etapa, pero a pesar de su evidente estupidez, tengo fundamentos para creer que nadie la saltea). Mientras tanto, en vuelo triunfal, nuestro enemigo parece gozar de la situación. La segunda táctica ya implica una mayor actividad y por lo tanto un mayor despliegue: el insignificante bichito consigue despertarnos del todo, que prendamos la luz y que, finalmente, nos levantemos en su búsqueda. Llegados a este estado la situación, que ya era límite, se hace insostenible y nuestra rabia incontenible. Comienzan los insultos y el malhumor. La táctica a seguir depende entonces de varios factores: si estamos solos, de si se puede hacer ruido, de si disponemos de algún elemento contundente, etc. La que yo suelo usar consiste en arrojar almohadonazos que intentan alcanzar al sujeto picador en pleno vuelo, o mejor, mientras descansa de sus andadas en alguna pared. El resultado depende de nuestra puntería. Pero el éxito es exiguo.
Si esta etapa falla, lo que antes eran insultos, pasan a ser maldiciones y lo que antes era simple malhumor se transforma en la sutil tentación de la duda existencial: ¿cómo puede ser que Dios, siendo bueno haya creado seres tan inútiles y perversos? ¿Qué fin perseguía al darles la existencia? ¿Acaso no son una forma de reírse de nosotros? ¿Puede tener origen en un Dios bueno bicho tan abyecto? ¿O será que Dios, que no es todopoderoso, no ha podido evitarlos? Como sea. El mosquito seguía allí. Y yo seguía sin dormir. Pero dado que Dios no tienta a nadie por encima de sus fuerzas quiso que yo no caiga víctima de tan funestos pensamientos y me inspiró una idea genial. Genial no por lo novedoso sino justamente por lo corriente y común, ya que no era algo nuevo sino más bien lo primero en lo que debía haber pensado en aquella ocasión. Es una ley general de la vida que las grandes soluciones vienen de las ideas más antiguas, a las cuales tenemos que poner a tono con la situación actual. Si a veces olvidamos esto es, sobretodo, porque creemos que las ideas antiguas por ser tales son totalmente conocidas y que por lo tanto ya nada nuevo tiene para darnos. Así sucede a muchas personas con el Evangelio y así me sucedía a mí con las pastillas matamosquitos.
¡¡Las pastillas matamosquitos!! ¡Vaya antigua solución! ¡Las tenía delante de las narices y yo no me daba cuenta! ¡Que alegría volver a ver la esperanza de descansar de una vez! Confieso que la inercia hizo que tardara en levantarme y que prolongara un poco más la agonía de mi sueño. Pero una vez que me di cuenta que la situación no podía ser solucionada de otra forma, junte fuerzas y me levanté. Busqué el enchufe, pusé la pastilla y me acosté de vuelta. ¡Ahh! Ahora sí que podía dormir. La victoria era mía. Ya no importaba si el mosquito seguía surcando por los aires porque sabía que ya no le quedaba mucho tiempo. Pero sobre todo porque ahora tenía la esperanza de que la situación volvería a la normalidad. A decir verdad, todavía no había desaparecido el problema, todavía seguía zumbando y haciendo ruido, todavía podía picarme alguna vez más, pero lo que cambiaba la situación era que el problema estaba cortado en su raíz y yo podía tener la certeza de que la victoria era mía. Tan contento quedé de esta humilde y callada (pero aplastante) victoria que me hizo recordar otra, que tampoco hace desaparecer de nuestra vista todos los males pero que los corta en su raíz. Hace 2000 años un hombre como nosotros, que también sufrió las picaduras de mosquitos, murió para traer a los hombres la victoria, y no sólo contra los mosquitos sino también contra todo bicho funesto. ¡No!, no creó las tabletas matamosquitos, pero trajo algo mucho mejor, que no sólo nos deja dormir en paz sino que, lo que es mucho más importante, nos da la esperanza para despertarnos cada día.
Así como ocurre con las pastillas la victoria de Jesús, no hace desaparecer los problemas; no hace que los niños dejen de sufrir y ser explotados; no hace que la guerra deje de existir; no hace que el mal desaparezca por completo. Pero al darnos la confianza en Aquél que ha asumido todos los males y los ha vencido clavándolos consigo en la Cruz, y dándonos la posibilidad de participar con él en su Victoria final, nos ha dado la esperanza de que todos los problemas del mundo que no alcanzamos a comprender tendrán su solución final. Si vivimos de la fe, los problemas no habrán desaparecido, pero su raíz habrá sido extirpada, y extirpada ésta podemos vivir en paz. Y estando en paz podemos dormir tranquilos.

martes, 16 de diciembre de 2008

LA SONRISA DE ESA CHICA

Normalmente, estoy más despierto a la noche, en el sentido metafórico. Soy, en este sentido, nocturno. No se por qué, pero puedo aprovechar mejor las horas de la oscuridad. Puede ser por el silencio, la luz artificial, no hay nadie que interrumpa o moleste (como quiera uno llamarlo): no logro dar con la respuesta. Pero el caso es que a pesar de ello, es a la mañana donde estoy más abierto a descubrir esas pequeñas cosas que no notaríamos si no nos detuviéramos a analizarlas. Esta pequeña historia también sucedió a la mañana.

Hace ya largo tiempo, en mis años de facultad en la gran ciudad, todos los días iba en subte hacia la universidad, más bien diría que iba en un tren de ganado. Porque era tanta la gente, que parecíamos vacas más que personas. Esos días, cuando no estaba dormido, me gustaba mirar a las caras e imaginarme la historia que habría detrás de cada uno de ellos. Estaba quien sólo escuchaba música, quien leía el diario, quien leía el diario de reojo del compañero, aquel que dormía, aquel que leía un libro. Podía imaginarme mil historias: éste de traje se está preparando para una entrevista en la cual puede conseguir el trabajo que más desea en la vida; aquel que está leyendo “La metamorfosis” es un estudiante de letras que detesta Kafka, pero que tiene que leerlo para un examen, por lo cual está luchando para poder continuar la lectura, y miles de historias más. Cada día era un sinfín de historias detrás del sinfín de gente que viajaba.

Pero lo que unía este ganado, digo esta gran masa de gente, en general, era el estado de ánimo: el mal humor por la situación era generalizado. Vuelvo a describir la situación: mucha gente apiñada, mucho calor, mucha humedad, muy temprano, etc. Generalmente no era de sumarme a ese estado de sentimiento de mal humor, pero confieso que alguna que otra vez sí tenía esta típica cara que todo lo denota.

Este breve relato se desarrollaba en uno de esos días. No recuerdo bien el porqué, la causa, pero no era yo un duende que derrochaba alegría por doquier, sino más bien un enano gruñón. Puede ser por haber disputado con una vaca, digo con una señora (no lo digo por la magnitud de su extensión corpórea sino por su camisa blanca con manchas negras), por un lugar en el tercer subte que llegó a la estación -preferí dejar pasar los otros dos-; no estaba saltando en una pata de alegría. Con esa cara y todo, al salir de la estación, me cruce con una chica que llevaba una sonrisa de oreja a oreja. No se cual sería la historia detrás de esa sonrisa, pero eso me cambió el día.

El hecho de estar sonriendo era algo totalmente distinto a lo que estaba viviendo. Automáticamente mi rostro se transfiguró y se me dibujó una sonrisa. No era tan efusiva como la suya, pero digamos que era una sonrisa simpática. Ello me cambió el día.

Las clases me parecieron fascinantes, la comida del buffet me pareció el plato del cheff de un restaurante francés, en la vuelta a casa no encontré tanta gente en el subte, etc., etc., etc. La sonrisa de esa chica me cambió el día.

Porque me transmitió esa alegría que llevaba. Porque así como el bien es difusivo de sí, también lo es la alegría. ¿Acaso no queremos compartir con otros esa alegría que nos llena el corazón? El hincha de fútbol, ¿no desea comentar y festejar la victoria de su equipo con sus amigos? El alumno que aprobó con éxito un examen de psicología, ¿no quiere hacer partícipes de ello a sus compañeros? Quien goza de la alegría de haberse encontrado con Dios, ¿no busca compartirla con otros y que ellos también encuentren la eterna alegría? Con sólo una pizca de algo distinto a nuestra continua realidad, se nos puede cambiar el día, y porque no también la vida.

Me viene a la mente un comercial de una compañía de teléfonos, donde se ve como se va transmitiendo de persona a persona un bostezo, para llegarle de nuevo a la persona que había bostezado primero. El slogan, si no me confundo, era “Comunicate. Es fácil”. ¿Por que no intentar transmitir una sonrisa? Sonreí. Es fácil. Quien sabe, en una de esas al final de la vida, te vuelva a vos.

domingo, 14 de diciembre de 2008

EL ENIGMA DE LAS MAESTRAS.

Hay entre los temas que las maestras han encomendado a sus alumnos uno que ha hecho historia y que plantea un no menor interrogante y un profundo enigma. Es un tema que posiblemente ha ganado notoriedad por la dificultad que presenta y porque requiere una gran capacidad de reflexión para sacarle algo atractivo que decir. Este tema famoso es la vaca.
¿A quién se le ocurre tema tan trillado y obtuso? y ¿Por qué inducirnos a escribir sobre algo que no le interesa a nadie? ¿Qué corno se puede decir de la vaca que sea digno de mención? Porque la vaca es quizá el más aburrido de los animales. Uno puede pensar una gran historia sobre un temible tigre de la selva que devora a sus presas, pero ¿quién se imagina a una vaca agazapada esperando el momento de atrapar a su indefensa víctima? También podemos encontrar algún simpático mono que usa ramitas como herramientas pero ¿quién puede imaginar algo así de una insulsa vaca que no hace más que mugir y comer pasto? A decir verdad, quizá podrían encontrarse algunos animales tan torpes y tontos como ella, pero ¿qué además sean tan rústicos? Difícil. No es casualidad que no haya números de circo que las tengan de protagonista ni películas en su honor: ¿quién pagaría por ver a una vaca? ¿A quién convocaría un gran cartel que diga: “Hoy gran número: la vaca suicida”? No, los circos no tienen vacas y nadie ha escrito jamás novelas sobre vacas detectives, ni nadie las ha incluido en un cuento sobre la realeza del mundo animal. ¿Quién arriesgaría un peso por semejante cosa? Nadie. Nadie tomaría en serio una historia sobre una vaca gloriosa. Tal cosa sólo puede mover a risa.
Sí, la vaca es un tema bastante enmarañado. Quizá por eso fuera que las maestras gustaran tanto de él. Quizá gustaban de ver cómo se las arreglaban los pobres alumnos para poder salir de los lugares archi-comunes como que “come pasto”, “es blanca y negra”, “vive en el campo”...
Pero tal hipótesis no me parece convincente. Me resulta difícil de creer que todas las maestras de todas las épocas convinieran en algo tan vil. Creo que el tema es más profundo. Verdad es que no creo que haya nadie sobre la faz de la tierra que no recuerde alguna horrible maestra que lo haya atormentado. Pero también creo que no hay nadie que se atreva a negar que haya tenido alguna digna de un monumento. Decía que creo que el tema es más profundo. Voy a explicar porqué me parece así. Quizá sea la solución a nuestro enigma.
Hay algo en la vaca que es digno de ser tratado. Es un aspecto que jamás encontraremos como título de un best-seller pero que reviste una importancia fundamental. Y es un aspecto que requiere afinar un poco la mirada y contemplar a la vaca en su somnífera quietud. Requiere contemplar la vaca como vaca y no deformarla para que sea un gran monstruo o un pseudo hombre. Es decir, requiere aceptar las reses como son y no imaginarlas como seres fantásticos que satisfacen nuestra curiosidad. La vaca es una vaca. Y sí, es bastante poco llamativo e insípido.
La vaca es una vaca: pocos animales hay tan aburridos, muy pocos tan importantes. Este animal aburrido y simplón que no nos llama la atención y que no sale en los diarios ni es tapa de revistas es, sin embargo, una de las grandes columnas sobre las que se apoya nuestra vida. Toda nuestra vida cotidiana está tejida en gran parte por este animal tan soporífero. Si en vez de querer buscar lo que llene nuestra curiosidad y satisfaga nuestro sentidos, nos dedicáramos a ver las cosas como son, la vaca se nos mostraría como un animal admirable. Ella es la que nos proporciona gran parte de nuestra alimentación y de nuestra vestimenta. Ella es quien nos brinda su cuero con el que podemos vestirnos o divertirnos entre amigos; quien nos da su carne con la cual comer; su leche, de la cual dulce de leche,...etc., etc. Y todo ello sin llamar la atención, sin grandes propagandas ni discursos, sin grandes planes, solo mugiendo y comiendo pasto.
Reflexionar sobre la vaca nos ayuda a darnos cuenta que no hace falta sobresalir para ser importante, nos enseña que la grandeza de algo o alguien no reside en su capacidad de acaparar la atención o en ser aceptado por muchos. La sosa simpleza de este noble animal, nos habla de que la importancia de las cosas tiene un fundamento más profundo y por ello mucho más oculto a las miradas superficiales. Nos dice que las cosas importantes no necesitan propaganda, porque a ellas, para ser relevantes, les basta con lo que son y por eso no necesitan el maquillaje de la publicidad. Es decir, a las cosas realmente importantes les basta con cumplir humildemente su misión sin barnices agregados. Por eso las vacas son humildes. No salen en las tapas de los diarios, no les interesan en absoluto. Las dejan para los animales que las necesitan. Porque ellas son lo que otros solo pueden aparentar.
De esta manera, quien contempla la vaca, si aguanta el tedio inicial, termina por alcanzar un gran botín. Aprende a centrar la vista en las importantes pequeñas bagatelas de la vida y a juzgar las cosas no por su espectacularidad sino por su trascendencia real. La vaca enseña que lo más valioso de todo no es lo extraordinario que sólo encontramos en los museos, sino aquellas enormes minucias ordinarias de las que está tejida nuestra simple y austera vida real. Y que, por eso, no hace falta buscar deslumbrarse con falsas imaginaciones para alegrar nuestra vida, sino que basta para ello con contemplar la maravillosa realidad que no necesita publicidad y que, sin embargo muchas veces pasa delante nuestro sin afectarnos en absoluto. Nos enseña que “es mucho mejor vaca en mano que cien monstruos marinos volando”.
Quizá esta sea la razón por la que nuestras maestras nos hacían escribir sobre las vacas. Quizá esto es lo que querían inculcarnos. Si así era, creo que no se equivocaban.