domingo, 15 de marzo de 2009
"Lo maravilloso y el poste de Madera", breve defensa del realismo por G.K. Chesterton
[Breve resumen del pensamiento de Chesterton a partir de un golpe en la cabeza con un poste, que podría servir como declaración de principios del blog]
La noche negra había cerrado mi casa y mi jardín con persianas de pizarra primero y de ébano después. Yo estaba pasando al interior a través del espacio cuadrado teñido con el brillo de la ventana iluminada, cuando me pareció haber visto algo nuevo desprendiéndose del suelo. Me incliné para observar. Al hacer eso di con mi cabeza contra un poste y vi las estrellas. Estrellas del séptimo cielo, estrellas del firmamento secreto y supremo. Ciertamente parecía, cuando se me alivió el pequeño dolor, pero antes de que me pasase por completo, como si hubiese visto algo escrito en un alfabeto astral, algo que anteriormente nunca había comprendido con tanta claridad. Una verdad referida a los misterios ya la mística que había conocido a medias durante mi vida. No voy a ser capaz de reproducir con palabras esa idea en estas páginas, porque esos raros estados de ánimo de clarividencia son siempre fugitivos. Pero lo intentaré. El poste aún está allí, pero las estrellas en el cerebro se están apagando.
Cuando era joven escribí muchos poemitas, principalmente acerca le la belleza y la necesidad de lo maravilloso; ése era en mí un sentimiento genuino, y todavía lo es. El poder de contemplar los seres y los paisajes simples en una especie de luz solar de sorpresa; el poder de dar un salto a la vista de un pájaro como ante una bala alada; el poder de ser arrastrado a la quietud por un árbol o por el gesto de una lana gigantesca. En una palabra, el poder de chocar poéticamente con la propia cabeza contra un poste, es algo que es diferente en distintas personas y puedo decir, sin engreimiento, que es parte de mi propia naturaleza humana. No es un poder que implique una fuerza artística; todavía menos, una exaltación espiritual. Hombres que son religiosos en un sentido para mí demasiado sublime, tampoco lo tienen. Muchos profetas y hombres muy rectos, que han tratado de ver esto en un guijarro del camino o en una ramita del cerco, no lo han conseguido. Es un don pequeño y especial. Es algo inocente. [..]
Yo sentía que el misticismo moderno estaba en plena contradicción con el mío. Yo sentía simplemente que el misticismo moderno estaba en plena contradicción con el mío, más aún que el materialismo. Continué sintiendo así. Me llevó mucho tiempo darle a eso siquiera una oscura expresión. Nunca hallé una expresión realmente vívida hasta que di con mi cabeza contra el poste. La expresión que llegó entonces a mis labios, estoy ahora, como dije, olvidándola lentamente.
Lo que encontré finalmente acerca de nuestra mística contemporánea es lo siguiente. Cuando ellos decían que un poste de madera era maravilloso (un punto sobre el que, espero, todos estamos de acuerdo), querían decir que, pensando en él, eran capaces de hacer con él algo maravilloso. "Un sueño; no hay ninguna verdad -dijo Mr. Yeats-, sino en nuestro propio corazón". El místico moderno buscaba el poste, no afuera, en el jardín, sino adentro, en el espejo de su mente. Pero la mente de un místico moderno, como el vestidor de un dandy, estaba enteramente compuesta por espejos. De este modo, el vidrio repetía al vidrio, como puertas que se abren hacia adentro para siempre; hasta que uno apenas puede ver esa cámara interior de la irrealidad, donde el poste hace su última aparición. Y dado que los espejos del místico moderno eran en su mayoría curvos y muchos de ellos estaban rajados, el poste, en su última imagen, parecía cualquier cosa: una canaleta, el árbol del conocimiento, la serpiente marina puesta en forma vertical, una columna arquitectónica retorcida, etc., etc. De allí tenemos a Picasso y un millón de puerilidades. .
Yo nunca estuve interesado en los espejos, es decir, nunca estuve interesado primariamente en mi propio reflejo, o reflejos. Estoy interesado en postes de madera, que me sorprenden como milagros. Estoy interesado en el poste que me está aguardando fuera de la puerta de mi casa, para darme un golpe en la cabeza, como el garrote de un gigante en un cuento de hadas. Todas las puertas de mi mente se abren hacia afuera, hacia un mundo que yo no construí. La última puerta de mi libertad se abre a un mundo de sol y objetos sólidos, de aventuras objetivas. El poste en el jardín, algo que yo ni pude crear ni podía esperar. Luz solar plena y fuerte, sobre una madera parada rígidamente. Es algo hecho por el Señor y es algo maravilloso para nuestros ojos.
Cuando los místicos modernos decían que les gustaba ver un poste, querían decir que les gustaba imaginarlo. Son mejores poetas que yo: lo imaginaban tan pronto como lo veían. Yo podría ver un poste mucho antes de haberlo imaginado y, como ya dije, podría sentirlo antes de verlo. Para mí el poste es maravilloso simplemente porque está allí, sea que a mí me guste o no. Perdí la razón por un poste. Si me hubiera quedado ciego por un rayo, el poste seguiría estando allí, como la substancia de algo que no es visto. Lo sorprendente del universo es que existe, no que podamos discutir su existencia. La espiritualidad real es un testimonio de este mundo tanto como del otro. El universo material realmente existe. El cosmos todavía se agita hacia su último extremo, desde aquel gran puntapié que el Dr. Johnson le dio a la piedra cuando desafió a Berkeley. El puntapié no era filosofía. Era religión.
Actualmente los místicos a mi alrededor no tienen esa viva fe de que los objetos son fantasías, porque son hechos reales. Ellos desean, al igual que todos los magos, controlar los elementos, ser el Cosmos. Ellos quieren que las estrellas sean sus ojos omnipresentes, y los vientos, sus lenguas largas y firmes plenamente desplegadas. Por eso son partidarios de los crepúsculos y de todos los puntos medios, oscuros y fronterizos en donde los objetos se funden unos en otros. Un punto en el que el hombre se hace tan grande como la naturaleza y, lo que es peor, tan impersonal como la naturaleza.
Jamás yo me sentí propiamente impresionado por el misterio de los crepúsculos, sino más bien por el acertijo de la luz del día, tan grande y tan sorprendente como la esfinge. He experimentado esto en edificios grandes y desnudos contra un cielo azul, en casas altas destrozadas o aun vacías, frente a grandes muros grisáceos bañados con una luz cálida como con un monstruoso pincel. Uno parecía haber llegado al fondo de todo. Y todo tenía esa extraña y altiva indiferencia que es propia solamente de las cosas que son… Usted ve que no dije lo que quería decir. Pero si usted acepta que mi cabeza y el poste son igualmente maravillosos, le doy permiso para que diga que son igualmente de madera.
sábado, 27 de diciembre de 2008
¡¡¡Santas tabletas asesinas, Batman!!!
Con esta disposición, y esta esperanza, me puse el pijama (un short para ser exactos), me cepille los dientes, rece el oficio y me entregué confiado en los brazos de Morfeo. Pero parece que había salido de compras... porque no lo encontré.
En vez suyo me encontré con un personaje bastante menos simpático. No bien apague la luz y suspiré por la gracia de poder disfrutar de una cama, comenzó la tortura. Primero fue algo así como una premonición, casi imperceptible, por lo que todavía dude de su existencia. Con el correr de los minutos la sospecha se fue tornando en certeza, acompañada por un zumbido cada vez más claro y fulminante. Pasado un momento más, la duda se despejó totalmente: había un mosquito en la pieza y volaba por el aire acechando el momento para picar. Yo no sé que es lo que molesta más, si su zumbido y su pequeño ruido o la amenaza de la picadura que se avecina. Lo que es seguro es que el alma pierde toda paz. Y habiendo el alma perdido toda paz ya no se puede dormir tranquilo: ¿cuándo dará su zarpazo? ¿Cómo acabar con él? A esta desesperada situación se le agregan algunos pequeños detalles que hacen la cosa más trágica. Ya detectado el enemigo, debe comenzar el contraataque. Primero se emplea una defensa conservadora, en la que se espera al agresor y se lo intenta eliminar con golpes de puño. El producto de tal acción es calamitoso: algunos principios de moretón en la cara y una aplastante derrota (nunca escuché que alguien tuviera éxito en esta etapa, pero a pesar de su evidente estupidez, tengo fundamentos para creer que nadie la saltea). Mientras tanto, en vuelo triunfal, nuestro enemigo parece gozar de la situación. La segunda táctica ya implica una mayor actividad y por lo tanto un mayor despliegue: el insignificante bichito consigue despertarnos del todo, que prendamos la luz y que, finalmente, nos levantemos en su búsqueda. Llegados a este estado la situación, que ya era límite, se hace insostenible y nuestra rabia incontenible. Comienzan los insultos y el malhumor. La táctica a seguir depende entonces de varios factores: si estamos solos, de si se puede hacer ruido, de si disponemos de algún elemento contundente, etc. La que yo suelo usar consiste en arrojar almohadonazos que intentan alcanzar al sujeto picador en pleno vuelo, o mejor, mientras descansa de sus andadas en alguna pared. El resultado depende de nuestra puntería. Pero el éxito es exiguo.
Si esta etapa falla, lo que antes eran insultos, pasan a ser maldiciones y lo que antes era simple malhumor se transforma en la sutil tentación de la duda existencial: ¿cómo puede ser que Dios, siendo bueno haya creado seres tan inútiles y perversos? ¿Qué fin perseguía al darles la existencia? ¿Acaso no son una forma de reírse de nosotros? ¿Puede tener origen en un Dios bueno bicho tan abyecto? ¿O será que Dios, que no es todopoderoso, no ha podido evitarlos? Como sea. El mosquito seguía allí. Y yo seguía sin dormir. Pero dado que Dios no tienta a nadie por encima de sus fuerzas quiso que yo no caiga víctima de tan funestos pensamientos y me inspiró una idea genial. Genial no por lo novedoso sino justamente por lo corriente y común, ya que no era algo nuevo sino más bien lo primero en lo que debía haber pensado en aquella ocasión. Es una ley general de la vida que las grandes soluciones vienen de las ideas más antiguas, a las cuales tenemos que poner a tono con la situación actual. Si a veces olvidamos esto es, sobretodo, porque creemos que las ideas antiguas por ser tales son totalmente conocidas y que por lo tanto ya nada nuevo tiene para darnos. Así sucede a muchas personas con el Evangelio y así me sucedía a mí con las pastillas matamosquitos.
¡¡Las pastillas matamosquitos!! ¡Vaya antigua solución! ¡Las tenía delante de las narices y yo no me daba cuenta! ¡Que alegría volver a ver la esperanza de descansar de una vez! Confieso que la inercia hizo que tardara en levantarme y que prolongara un poco más la agonía de mi sueño. Pero una vez que me di cuenta que la situación no podía ser solucionada de otra forma, junte fuerzas y me levanté. Busqué el enchufe, pusé la pastilla y me acosté de vuelta. ¡Ahh! Ahora sí que podía dormir. La victoria era mía. Ya no importaba si el mosquito seguía surcando por los aires porque sabía que ya no le quedaba mucho tiempo. Pero sobre todo porque ahora tenía la esperanza de que la situación volvería a la normalidad. A decir verdad, todavía no había desaparecido el problema, todavía seguía zumbando y haciendo ruido, todavía podía picarme alguna vez más, pero lo que cambiaba la situación era que el problema estaba cortado en su raíz y yo podía tener la certeza de que la victoria era mía. Tan contento quedé de esta humilde y callada (pero aplastante) victoria que me hizo recordar otra, que tampoco hace desaparecer de nuestra vista todos los males pero que los corta en su raíz. Hace 2000 años un hombre como nosotros, que también sufrió las picaduras de mosquitos, murió para traer a los hombres la victoria, y no sólo contra los mosquitos sino también contra todo bicho funesto. ¡No!, no creó las tabletas matamosquitos, pero trajo algo mucho mejor, que no sólo nos deja dormir en paz sino que, lo que es mucho más importante, nos da la esperanza para despertarnos cada día.
Así como ocurre con las pastillas la victoria de Jesús, no hace desaparecer los problemas; no hace que los niños dejen de sufrir y ser explotados; no hace que la guerra deje de existir; no hace que el mal desaparezca por completo. Pero al darnos la confianza en Aquél que ha asumido todos los males y los ha vencido clavándolos consigo en la Cruz, y dándonos la posibilidad de participar con él en su Victoria final, nos ha dado la esperanza de que todos los problemas del mundo que no alcanzamos a comprender tendrán su solución final. Si vivimos de la fe, los problemas no habrán desaparecido, pero su raíz habrá sido extirpada, y extirpada ésta podemos vivir en paz. Y estando en paz podemos dormir tranquilos.
martes, 16 de diciembre de 2008
LA SONRISA DE ESA CHICA
Normalmente, estoy más despierto a la noche, en el sentido metafórico. Soy, en este sentido, nocturno. No se por qué, pero puedo aprovechar mejor las horas de la oscuridad. Puede ser por el silencio, la luz artificial, no hay nadie que interrumpa o moleste (como quiera uno llamarlo): no logro dar con la respuesta. Pero el caso es que a pesar de ello, es a la mañana donde estoy más abierto a descubrir esas pequeñas cosas que no notaríamos si no nos detuviéramos a analizarlas. Esta pequeña historia también sucedió a la mañana.
Hace ya largo tiempo, en mis años de facultad en la gran ciudad, todos los días iba en subte hacia la universidad, más bien diría que iba en un tren de ganado. Porque era tanta la gente, que parecíamos vacas más que personas. Esos días, cuando no estaba dormido, me gustaba mirar a las caras e imaginarme la historia que habría detrás de cada uno de ellos. Estaba quien sólo escuchaba música, quien leía el diario, quien leía el diario de reojo del compañero, aquel que dormía, aquel que leía un libro. Podía imaginarme mil historias: éste de traje se está preparando para una entrevista en la cual puede conseguir el trabajo que más desea en la vida; aquel que está leyendo “La metamorfosis” es un estudiante de letras que detesta Kafka, pero que tiene que leerlo para un examen, por lo cual está luchando para poder continuar la lectura, y miles de historias más. Cada día era un sinfín de historias detrás del sinfín de gente que viajaba.
Pero lo que unía este ganado, digo esta gran masa de gente, en general, era el estado de ánimo: el mal humor por la situación era generalizado. Vuelvo a describir la situación: mucha gente apiñada, mucho calor, mucha humedad, muy temprano, etc. Generalmente no era de sumarme a ese estado de sentimiento de mal humor, pero confieso que alguna que otra vez sí tenía esta típica cara que todo lo denota.
Este breve relato se desarrollaba en uno de esos días. No recuerdo bien el porqué, la causa, pero no era yo un duende que derrochaba alegría por doquier, sino más bien un enano gruñón. Puede ser por haber disputado con una vaca, digo con una señora (no lo digo por la magnitud de su extensión corpórea sino por su camisa blanca con manchas negras), por un lugar en el tercer subte que llegó a la estación -preferí dejar pasar los otros dos-; no estaba saltando en una pata de alegría. Con esa cara y todo, al salir de la estación, me cruce con una chica que llevaba una sonrisa de oreja a oreja. No se cual sería la historia detrás de esa sonrisa, pero eso me cambió el día.
El hecho de estar sonriendo era algo totalmente distinto a lo que estaba viviendo. Automáticamente mi rostro se transfiguró y se me dibujó una sonrisa. No era tan efusiva como la suya, pero digamos que era una sonrisa simpática. Ello me cambió el día.
Las clases me parecieron fascinantes, la comida del buffet me pareció el plato del cheff de un restaurante francés, en la vuelta a casa no encontré tanta gente en el subte, etc., etc., etc. La sonrisa de esa chica me cambió el día.
Porque me transmitió esa alegría que llevaba. Porque así como el bien es difusivo de sí, también lo es la alegría. ¿Acaso no queremos compartir con otros esa alegría que nos llena el corazón? El hincha de fútbol, ¿no desea comentar y festejar la victoria de su equipo con sus amigos? El alumno que aprobó con éxito un examen de psicología, ¿no quiere hacer partícipes de ello a sus compañeros? Quien goza de la alegría de haberse encontrado con Dios, ¿no busca compartirla con otros y que ellos también encuentren la eterna alegría? Con sólo una pizca de algo distinto a nuestra continua realidad, se nos puede cambiar el día, y porque no también la vida.
Me viene a la mente un comercial de una compañía de teléfonos, donde se ve como se va transmitiendo de persona a persona un bostezo, para llegarle de nuevo a la persona que había bostezado primero. El slogan, si no me confundo, era “Comunicate. Es fácil”. ¿Por que no intentar transmitir una sonrisa? Sonreí. Es fácil. Quien sabe, en una de esas al final de la vida, te vuelva a vos.
domingo, 14 de diciembre de 2008
EL ENIGMA DE LAS MAESTRAS.
¿A quién se le ocurre tema tan trillado y obtuso? y ¿Por qué inducirnos a escribir sobre algo que no le interesa a nadie? ¿Qué corno se puede decir de la vaca que sea digno de mención? Porque la vaca es quizá el más aburrido de los animales. Uno puede pensar una gran historia sobre un temible tigre de la selva que devora a sus presas, pero ¿quién se imagina a una vaca agazapada esperando el momento de atrapar a su indefensa víctima? También podemos encontrar algún simpático mono que usa ramitas como herramientas pero ¿quién puede imaginar algo así de una insulsa vaca que no hace más que mugir y comer pasto? A decir verdad, quizá podrían encontrarse algunos animales tan torpes y tontos como ella, pero ¿qué además sean tan rústicos? Difícil. No es casualidad que no haya números de circo que las tengan de protagonista ni películas en su honor: ¿quién pagaría por ver a una vaca? ¿A quién convocaría un gran cartel que diga: “Hoy gran número: la vaca suicida”? No, los circos no tienen vacas y nadie ha escrito jamás novelas sobre vacas detectives, ni nadie las ha incluido en un cuento sobre la realeza del mundo animal. ¿Quién arriesgaría un peso por semejante cosa? Nadie. Nadie tomaría en serio una historia sobre una vaca gloriosa. Tal cosa sólo puede mover a risa.
Sí, la vaca es un tema bastante enmarañado. Quizá por eso fuera que las maestras gustaran tanto de él. Quizá gustaban de ver cómo se las arreglaban los pobres alumnos para poder salir de los lugares archi-comunes como que “come pasto”, “es blanca y negra”, “vive en el campo”...
Pero tal hipótesis no me parece convincente. Me resulta difícil de creer que todas las maestras de todas las épocas convinieran en algo tan vil. Creo que el tema es más profundo. Verdad es que no creo que haya nadie sobre la faz de la tierra que no recuerde alguna horrible maestra que lo haya atormentado. Pero también creo que no hay nadie que se atreva a negar que haya tenido alguna digna de un monumento. Decía que creo que el tema es más profundo. Voy a explicar porqué me parece así. Quizá sea la solución a nuestro enigma.
Hay algo en la vaca que es digno de ser tratado. Es un aspecto que jamás encontraremos como título de un best-seller pero que reviste una importancia fundamental. Y es un aspecto que requiere afinar un poco la mirada y contemplar a la vaca en su somnífera quietud. Requiere contemplar la vaca como vaca y no deformarla para que sea un gran monstruo o un pseudo hombre. Es decir, requiere aceptar las reses como son y no imaginarlas como seres fantásticos que satisfacen nuestra curiosidad. La vaca es una vaca. Y sí, es bastante poco llamativo e insípido.
La vaca es una vaca: pocos animales hay tan aburridos, muy pocos tan importantes. Este animal aburrido y simplón que no nos llama la atención y que no sale en los diarios ni es tapa de revistas es, sin embargo, una de las grandes columnas sobre las que se apoya nuestra vida. Toda nuestra vida cotidiana está tejida en gran parte por este animal tan soporífero. Si en vez de querer buscar lo que llene nuestra curiosidad y satisfaga nuestro sentidos, nos dedicáramos a ver las cosas como son, la vaca se nos mostraría como un animal admirable. Ella es la que nos proporciona gran parte de nuestra alimentación y de nuestra vestimenta. Ella es quien nos brinda su cuero con el que podemos vestirnos o divertirnos entre amigos; quien nos da su carne con la cual comer; su leche, de la cual dulce de leche,...etc., etc. Y todo ello sin llamar la atención, sin grandes propagandas ni discursos, sin grandes planes, solo mugiendo y comiendo pasto.
Reflexionar sobre la vaca nos ayuda a darnos cuenta que no hace falta sobresalir para ser importante, nos enseña que la grandeza de algo o alguien no reside en su capacidad de acaparar la atención o en ser aceptado por muchos. La sosa simpleza de este noble animal, nos habla de que la importancia de las cosas tiene un fundamento más profundo y por ello mucho más oculto a las miradas superficiales. Nos dice que las cosas importantes no necesitan propaganda, porque a ellas, para ser relevantes, les basta con lo que son y por eso no necesitan el maquillaje de la publicidad. Es decir, a las cosas realmente importantes les basta con cumplir humildemente su misión sin barnices agregados. Por eso las vacas son humildes. No salen en las tapas de los diarios, no les interesan en absoluto. Las dejan para los animales que las necesitan. Porque ellas son lo que otros solo pueden aparentar.
De esta manera, quien contempla la vaca, si aguanta el tedio inicial, termina por alcanzar un gran botín. Aprende a centrar la vista en las importantes pequeñas bagatelas de la vida y a juzgar las cosas no por su espectacularidad sino por su trascendencia real. La vaca enseña que lo más valioso de todo no es lo extraordinario que sólo encontramos en los museos, sino aquellas enormes minucias ordinarias de las que está tejida nuestra simple y austera vida real. Y que, por eso, no hace falta buscar deslumbrarse con falsas imaginaciones para alegrar nuestra vida, sino que basta para ello con contemplar la maravillosa realidad que no necesita publicidad y que, sin embargo muchas veces pasa delante nuestro sin afectarnos en absoluto. Nos enseña que “es mucho mejor vaca en mano que cien monstruos marinos volando”.
Quizá esta sea la razón por la que nuestras maestras nos hacían escribir sobre las vacas. Quizá esto es lo que querían inculcarnos. Si así era, creo que no se equivocaban.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
LOS OJOS DE LA VACA
Sin embargo, la misma ocasión para desanimarse puede convertirse en la posibilidad de descubrir un mundo nuevo, por qué no, más cierto que las intrincadas relaciones humanas que componen a la volátil aldea. Sin duda, un paseo por el campo puede mostrar más realidad que la vida de la vecina; no porque la vecina nos deje de espiar, sino porque nosotros podemos dejar de vivir pendientes de que la vecina nos espíe.
Puedo contar que, años atrás, gustaba sacar a pasear a mi perra por las chacras, cerca del pueblo. Eran expediciones breves, bastante polvorientas, rutinarias también: no hay tantos caminos cuando no se pueden sortear los alambrados. El animal corría por delante y por detrás, saltaba, se revolcaba en la basura que encontraba (lo cual incluía bañarla antes de entrar a casa) y me dejaba ver las puestas de sol más fantásticas del planeta, los árboles más solitarios de la tierra y los arroyos más calmos de todo el orbe.
Pero aún en esa soledad llena de cosas verdaderas no estaba solo. La perra me acompañaba, sí. Mas varios pares de ojos me observaban imperturbables; avanzaban si yo avanzaba, se frenaban si yo frenaba. Sólo se distraían para asegurarse que con su lengua atrapaban el sustento verde que las pampas les ofrecían.
Ahí estaban las vacas. ¡Oh, animales impertérritos! ¡Oh, profundas miradas! ¿Qué divisabais en mí que tanto os sorprendía? ¿Qué abismos recorríais al atravesarme con vuestras negras pupilas? Ahí estabais, ¡oh, vacas!, antes que yo llegara y después que me fuera, allí seguiríais…
La perra solía ladrar un poco, pero la certeza del alambrado hacía que los bovinos no se movieran. Protegidas del otro lado continuaban siempre mirando, no como la vecina, porque a las vacas no les importaba ser vistas mirando. Alrededor de ellas, en las benévolas pampas, se ha construido toda una cultura, de la cual son punto central ellas mismas. De hecho, poblaron estas tierras antes que los blancos. No es un dato menor que, allí donde el español hubo de huir, el animal pudo prosperar, de manera que cuando el europeo volvió, encontró ganado a montones.
Todo un modo de vida se extendió por la llanura después del regreso del blanco. Hubo hombres, solitarios, que salieron a trabajar con las vacas, y a tratar con el indio. A veces en paz, a veces en guerra, la generación gauchesca fue cimentándose sobre la fertilidad del impávido animal. El retrato común que tenemos del gaucho es un poco del Martín Fierro, otro poco de los cantores populares: fue un hombre explotado por el patrón (que acabó siendo el dueño de las vacas), duro, de pocas palabras; un melancólico hundido en el bajo y rectilíneo horizonte. Generación casi extinta (algún gaucho de verdad queda en el campo), fue reemplazado por el inmigrante italiano, vasco, a veces también francés, en el trabajo de la tierra. Pero aquí ya no era lo mismo. La fuerza de la familia era totalmente distinta, y el trabajo de la tierra, y la crianza de los animales, competía a toda la sociedad doméstica. Viajar al pueblo, ¡toda una aventura! Dos veces al año, en tren, y la señora era tratada como una reina en los almacenes, porque compraba género para la ropa de toda la familia… Pero todo esto también es pasado.
Hoy es mejor decir que, encerrados en una pantalla plana, hemos perdido la tercera dimensión, o sea la profundidad. Mirar los ojos del benemérito animal quizás podrían hacernos pensar en las grandes proezas cotidianas, como es la disposición a obrar cosas verdaderas, concretas y, a la vez, eternas. Concretas por ser obras humanas, no fantasías sin fundamento; eternas por ser reales, ni virtuales ni efímeras. La vaca estuvo aquí antes que nosotros y nosotros estamos (y vivimos, y pensamos) porque ella está aquí. Nuestro compromiso existencial es aprender de ella a llevar una vida plenamente humana, profunda, libre y bella, anclada en la verdad y en la bondad.
martes, 11 de noviembre de 2008
Muchas vacas en pie y pocas volando
La vez pasada nos juntamos con un tema prefijado. En aquella oportunidad algunas cuestiones, que no vienen al caso mencionar, me imposibilitaron acabar con la redacción de lo que hoy pongo a su disposición.
Algunos consideraron la experiencia narrativa acerca de “La vaca”, legendaria tortura de las maestras de escuela primaria. Sin embargo, soy una especie que carece del privilegio de esa clase de vivencia. De hecho, recuerdo haber visto, de chico, un chiste de la tira Mafalda en el cual ella debía escribir algo sobre la vaca; empero, como yo desconocía lo que afectaba semejante empresa, entonces, no alcancé comprender el fastidio que denotaba la infante creatura de Quino.
Con todo, otras han sido mis experiencias con las vacas. Las he conocido en su ámbito, pastando en las llanuras con rutinaria mansedumbre y sin ningún otro fin que campear y mascar todas las horas de sol posible. También las he visto en los hediondos y pestilentes galpones de los tambos enchufadas a “mengélicos” artefactos, nutriendo a una insaciable descendencia de tuercas, remaches y lata.
En una oportunidad pude apreciar, en un centro de experimentación, una vaca que tenía una especie de escotilla, del talante de un “ojo de buey” (quizás debería decir de vaca), a través de la cual se podía observar sus entrañas. El pobre rumiante tenía un semblante un tanto bulímico y decaído. Desconozco si esto se debía a algún mal de pasiones o al vítreo hueco que le impedía reclinarse. Poco tiempo después corría la fábula que habría muerto a causa de la curiosidad humana, del mismo modo que la vaca Milka habría muerto por la avaricia de Jacob Suchard...
También de pequeño solía escuchar una canción de María Elena Walsh que hablaba de una vieja vaca estudiosa en alguna parte de Humahuaca, la cual era harto decidida, de modo que, pasado un tiempo, fue más sabia que los borricos y vivarachos niños de la comarca. Puede ser que la cantautora se inspirara en un dicho universitario que mis padres solían pronunciar: “si dejas una vaca en la facultad de odontología, luego de cinco o seis años tendrás una vaca odontóloga”. Lo cierto que esta vaca estudiosa me acompañó más de una tarde lluviosa, entre juegos y lecturas. Con todo, no recuerdo tener otras experiencias “bóvidas”, de donde coligo que no han sido muchas y ni han sido notables, quizás porque me haya faltado interés por descubrir el fantástico y asombroso mundo de las vacas.
No obstante mi limitada simpatía por estos mamíferos rumiantes altamente domesticables, según indicación del diccionario, he de reconocer que han entrado de lleno en la historia del hombre, en la vida cotidiana de la humanidad. Los hallamos en todos los ámbitos humanos, hasta en las vidas de los santos… Efectivamente, cuenta una leyenda hagiográfica que en cierta oportunidad unos frailes dominicos, para burlarse de la ingenuidad de santo Tomás de Aquino, lo llamaron a que se acercara a la ventana del scriptorium para ver pasar una vaca volando. Tomás sin prisa ni pausa, dejando sus tareas, se asomó por la abertura, lo cual suscitó la risa de los presentes. El Angélico doctor, volviendo a su sitio de trabajo, con irónica simpleza atinó a decir: “Antes que un hermano mintiera creería que una vaca vuela”.
Lo que acabamos de referir me arrastra a una cuestión muy próxima a nuestro espacio: el origen de lo cómico, la naturaleza de la risa. El tema poco tiene que ver, al menos directamente, con las bóvidas creaturas de campo; mas quisiera destacar algunas cuestiones acerca del humor, de los modos de producir comicidad que han quedado veladamente cincelados entre vacas voladoras e ingenuidades fraileras.
Bergson considera, en su libro La Risa, que fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Efectivamente, si un animal hace reír, si cualquier cosa inanimada produce risa, es siempre por su semejanza o referencia al hombre. Por otra parte, una cierta insensibilidad debe acompañar a la risa, pues lo cómico sólo puede producirse cuando perdemos todo sentimiento de piedad y respeto hacia el hombre que es sujeto de comicidad. Por esto “lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón”. El humor se rige por la pura inteligencia.
Ahora bien, toda risa es la risa de un grupo, esto es, de un medio social. Así, por ejemplo, es evidente que el humor de un “barra-brava” de La 12 será sensiblemente diverso al humor de algún hombre que se dedica a leer Shakespeare o de aquel otro que pertenece al Club Pickwick. No obstante, el vitalista francés va mucho más allá de la valoración que acabamos de anotar, pues considera que la risa posee una función social, y ésta consiste en corregir al hombre. La risa social se presenta como un correctivo a la rigidez del hombre para sacarlo de su torpeza y ensimismamiento. Luego, la risa es un medio para corregir y suavizar la rigidez de las costumbres contraídas y que se han de modificar. Lo absurdo en la rigidez de costumbres está en que asimila al hombre a las cosas, al mecanismo puro y simple, al automatismo, al movimiento sin vida, trocándolas en grotescas caricaturas.
Volvamos a nuestra breve leyenda hagiográfica. ¿Cuál sería la gracia, según Bergson, de la broma gastada al Doctor Angélico? Es evidente que las formas rígidas y candorosas de Tomás; por esto son ridiculizadas y “corregidas” por el medio social del convento. Sin embargo, santo Tomás, con astucia y humor corrige algo más grosero: esa insensible forma de la vida vacua que mueve a la práctica frecuente de descalificar pronta y fácilmente la fama de otros.
Bergson no acepta que exista un humor moralmente bueno, porque, según él, todo humor tiene algo de cruel. Pero al filósofo francés pareciera escapársele que, a veces, las correcciones por más que sean en sí mismas moralmente buenas, son, para el sujeto que las padece, incómodas y, en cierto modo, desagradables. Esto también cabe para las “correcciones” que se hacen vehiculizando el humor o la comicidad. Además, no pareciera percibir que existen distintos tipos de jocosidades según sus fines: unas que sólo tienen por término degradar al sujeto pasivo de la broma; otras que buscan estrechar lazos afectivos superando las formalidades sociales; otras que, acentuando el absurdo de ciertos rasgos personales, buscan atenuar lo trágico y descolorido de las situaciones que se padecen; etc. Por otro lado, no discurre acerca del sujeto de risa, según el cual, podría tratarse de una hétero-comicidad o auto-comicidad. En este último caso sería, más bien, un ejercicio algo espiritual, más cercano a la virtud de la humildad que al vicio de difamación; o, en todo caso, una cierta aptitud para observar y presentar los aspectos cómicos de la existencia. Digno ejemplo de esto han sido san Felipe Neri y santo Tomás Moro.
Una vez más volvamos a nuestra breve anécdota. Además de lo señalado, en el gesto del santo doctor existe algo plausible de ser ponderado y preciado. Más allá de sus refinadas luces, el verdadero sabio no pierde la confianza en el hombre, su sapiencia no va en descrédito de la palabra humana, por el contrario, la aumenta y enriquece… El sabio no teme salir tras las vacas que vuelan, y aventurarse a perseguir lo que otros considerarían quimeras. Es cosa de hombres monstruosamente adámicos suponer que las vacas sólo pueden estar de pie y pastando. En nuestro mundo hay muchas, tal vez demasiadas, vacas en pie y muy pocas volando. A pesar de todo, para sacarnos de la modorra meridiana, están los que no temen renunciar a la mera “comicidad correctiva”, de estilo bergsoniano, para lanzarse de lleno a la aventura de asomarse por la ventana del mundo y dejarse asombrar por las vacas gordas y voladoras que los embusteros prometen.
martes, 21 de octubre de 2008
Tengo que escribir
Ahora miro el escritorio, que es una especie de caos, donde el celular, los anteojos, alguna imagen de la Virgen María, el encendedor, un par de discos y un sobrecito de azúcar se disputan el centro de la escena. Pero no puedo ordenarlo. Tengo que escribir.
Pero, ¿por qué tengo que escribir? Resulta ser que me comprometí a hacerlo hace como un mes, y hoy se cumple la fecha fijada. Una vez se puede fallar, dos no. Tengo que escribir.
Tengo que escribir, encima, sobre tema libre. Claro que tendría que ser algo cotidiano, cuya excelencia se nos escape, justamente, por frecuentarlo. Y podría ser presente o pasado. Hablar de lo cotidiano del futuro digamos que es, al menos, temerario.
El tema sobre el voy a escribir es este misterioso modo de obrar que nos envuelve a los mortales de ‘tener que’ hacer algo. Claro, porque estamos llenos de cosas para hacer y nunca acabamos de hacerlas. Ahora se me está terminando la yerba; ‘tengo que’ comprar yerba.
Las motivaciones de cada uno de estos ‘deberes’, por llamarlos de algún modo, son diversos. Así, mantener el orden del escritorio es, en buena medida, funcional; estudiar es fundamental; lavar las camisas es, por decir así, conveniente; escribir es un imperativo moral por haberme comprometido; comprar yerba mate es cuestión de vida o muerte.
Así pues, si debiera ordenar todo lo que tengo que hacer, lo último sería estudiar, porque sin el escritorio ordenado, no puedo; lavar las camisas está antes; escribir, tengo que hacerlo; y la yerba es de primera necesidad, sin ella no vivo. Lo paradójico es que aquello que es fundamental, según la descripción que hice, quedó relegado al último lugar.
Si yo tuviera todo en orden, la ropa limpia, todo hecho, me sentaría a estudiar sin preocuparme de nada, y apuntaría a lo fundamental. Pero es el caso, y es lo más cotidiano que he vivido desde hace casi diez años, que siempre que me quiero sentar a estudiar está todo lo otro mal y esperando que yo me ocupe de ello. A veces he superado el deseo de atender esas otras cosas, aún de ir a comprar la vital yerba, y me he entregado a lo fundamental, aquello de lo que estoy más necesitado, que es el estudio; pero el resultado ha sido nefasto, porque si no me encargo yo, nadie va ordenarme el cuarto y, menos, lavarme las camisas.
En esta encrucijada, donde dos opciones y sólo dos se me presentan, éstas son, lo fundamental y lo funcional-vital, he optado las más de las veces por la segunda, haciendo exclusión de la primera. Pero, sabiendo que dejo de hacer lo más importante por hacer lo menos, acabo haciendo esto último también mal y, por lo tanto, cuando me siento a estudiar están las otras cosas hechas a medias: en el escritorio, recién lustrado, siguen disputándose el centro de la escena las mismas cosas; no fui a comprar yerba y las camisas me las olvidé en jabón. Lo peor de todo es que al ponerme frente a frente con el Creador, si es que logro olvidar por un momento cómo en el balde la ropa va perdiendo el color, no tengo más que presentarle… otro fracaso, otro día a medias, otra muestra de mediocridad, otra vez sin haber hecho lo que tenía que hacer.
Sin embargo, esa misma Mirada a la que no puedo entregarle nada, me da la tranquilidad de valorar cualquier esfuerzo, si es hecho rectamente; pero más aún me promete un mañana, donde tendré una nueva oportunidad de hacer lo que tengo que hacer, empezando de nuevo. Y más que guiarme por ese ‘tengo que’, prefiere, como por un tiro por elevación, superar los requerimientos de las diversas cosas, ponerme en un punto de vista superior y desde arriba volver a ver mi vida para ordenarla, de acuerdo a su Sabiduría y a su Bondad. Sólo así puedo (o podré) vivir más allá de un pesado ‘tengo que’, sin suprimir el contenido de ese deber sino superándolo en el orden de la confianza y del filial amor. Y, aunque se puede escribir mucho más sobre el ‘tener que’, dimensión que inunda esta vida mortal, valga esto que he ‘tenido que’ escribir como breve, concisa e introspectiva introducción.