martes, 21 de octubre de 2008

Tengo que escribir

Tengo que sentarme, vengo pensando desde hace varios días; sí, tengo que sentarme a escribir, subrayando el tengo. Porque el escribir, en verdad, queda al lado de lavar las camisas, limpiar el dormitorio, leer tal cosa, estudiar tal otra, comprar algo para comer esta noche. Tengo que… todas esas cosas.
Ahora miro el escritorio, que es una especie de caos, donde el celular, los anteojos, alguna imagen de la Virgen María, el encendedor, un par de discos y un sobrecito de azúcar se disputan el centro de la escena. Pero no puedo ordenarlo. Tengo que escribir.
Pero, ¿por qué tengo que escribir? Resulta ser que me comprometí a hacerlo hace como un mes, y hoy se cumple la fecha fijada. Una vez se puede fallar, dos no. Tengo que escribir.
Tengo que escribir, encima, sobre tema libre. Claro que tendría que ser algo cotidiano, cuya excelencia se nos escape, justamente, por frecuentarlo. Y podría ser presente o pasado. Hablar de lo cotidiano del futuro digamos que es, al menos, temerario.
El tema sobre el voy a escribir es este misterioso modo de obrar que nos envuelve a los mortales de ‘tener que’ hacer algo. Claro, porque estamos llenos de cosas para hacer y nunca acabamos de hacerlas. Ahora se me está terminando la yerba; ‘tengo que’ comprar yerba.
Las motivaciones de cada uno de estos ‘deberes’, por llamarlos de algún modo, son diversos. Así, mantener el orden del escritorio es, en buena medida, funcional; estudiar es fundamental; lavar las camisas es, por decir así, conveniente; escribir es un imperativo moral por haberme comprometido; comprar yerba mate es cuestión de vida o muerte.
Así pues, si debiera ordenar todo lo que tengo que hacer, lo último sería estudiar, porque sin el escritorio ordenado, no puedo; lavar las camisas está antes; escribir, tengo que hacerlo; y la yerba es de primera necesidad, sin ella no vivo. Lo paradójico es que aquello que es fundamental, según la descripción que hice, quedó relegado al último lugar.
Si yo tuviera todo en orden, la ropa limpia, todo hecho, me sentaría a estudiar sin preocuparme de nada, y apuntaría a lo fundamental. Pero es el caso, y es lo más cotidiano que he vivido desde hace casi diez años, que siempre que me quiero sentar a estudiar está todo lo otro mal y esperando que yo me ocupe de ello. A veces he superado el deseo de atender esas otras cosas, aún de ir a comprar la vital yerba, y me he entregado a lo fundamental, aquello de lo que estoy más necesitado, que es el estudio; pero el resultado ha sido nefasto, porque si no me encargo yo, nadie va ordenarme el cuarto y, menos, lavarme las camisas.
En esta encrucijada, donde dos opciones y sólo dos se me presentan, éstas son, lo fundamental y lo funcional-vital, he optado las más de las veces por la segunda, haciendo exclusión de la primera. Pero, sabiendo que dejo de hacer lo más importante por hacer lo menos, acabo haciendo esto último también mal y, por lo tanto, cuando me siento a estudiar están las otras cosas hechas a medias: en el escritorio, recién lustrado, siguen disputándose el centro de la escena las mismas cosas; no fui a comprar yerba y las camisas me las olvidé en jabón. Lo peor de todo es que al ponerme frente a frente con el Creador, si es que logro olvidar por un momento cómo en el balde la ropa va perdiendo el color, no tengo más que presentarle… otro fracaso, otro día a medias, otra muestra de mediocridad, otra vez sin haber hecho lo que tenía que hacer.
Sin embargo, esa misma Mirada a la que no puedo entregarle nada, me da la tranquilidad de valorar cualquier esfuerzo, si es hecho rectamente; pero más aún me promete un mañana, donde tendré una nueva oportunidad de hacer lo que tengo que hacer, empezando de nuevo. Y más que guiarme por ese ‘tengo que’, prefiere, como por un tiro por elevación, superar los requerimientos de las diversas cosas, ponerme en un punto de vista superior y desde arriba volver a ver mi vida para ordenarla, de acuerdo a su Sabiduría y a su Bondad. Sólo así puedo (o podré) vivir más allá de un pesado ‘tengo que’, sin suprimir el contenido de ese deber sino superándolo en el orden de la confianza y del filial amor. Y, aunque se puede escribir mucho más sobre el ‘tener que’, dimensión que inunda esta vida mortal, valga esto que he ‘tenido que’ escribir como breve, concisa e introspectiva introducción.

martes, 30 de septiembre de 2008

Hace algún tiempo atrás, en alguna “vigilia lucífera”, algo tocados por los narcóticos ingeridos en el almuerzo y otro tanto por las propias capacidades divagantes, se nos ocurrió fundar algo así como un club de aquellos que, según nuestro imaginario, gustaría frecuentar Chesterton. La inspiración, me aventuro a concluir, tiene su fuente remota en un absurdo viaje de Tandil a La Plata, de esos que sólo pueden idear las malévolas intenciones de los dueños de la empresa “Río Paraná”. Estimado amigo, si aún no te has aventurado a semejante periplo, te recomiendo que antes de pasar el umbral del ómnibus te aprovisiones de abundante líquido, alimento, y mucho con qué entretenerte; pues sabes cuándo comienzas, mas no cuándo terminarás. Fue en aquel viaje que, aburridos del monótono paisaje pampeano, hartos del calor y sin nada más interesante que comentar, nos pusimos a leer un viejo volumen de las obras completas de nuestro querido camarada anglosajón. Caímos en la colección de breves narraciones ocurrentes que certeramente intituló como Enormes minucias. La agudeza, perspicacia y vivo humor nos deleitaron el suficiente tiempo como para alcanzar el sueño tan deseado y, de este modo, rendirnos en los brazos de Morfeo hasta alcanzar nuestro anhelado argento destino.
Pero volvamos a la benemérita siesta de fundación. En esa ocasión, a gusto por la buena conversación y la grata camaradería, se nos ocurrió que estas espontáneas reuniones podrían continuarse a futuro, más o menos organizadamente, a modo de club literario o algo por el estilo. Me parece que la intensión de entonces era que fuera un espacio adecuado para reunirnos como viejos amigos a compartir breves narraciones sobre ocurrencias varias, mechadas de agudos pensamientos (o no tanto) y siempre ornadas por el buen humor. De aquella proto-asamblea no pudimos concluir más que la somera intensión de continuar con el proyecto, empero cayó en saco roto la denominación del dichoso club, cuestión que no es menor pues ponerle nombre a las cosas es, en cierto modo, identificar su esencia.
Hoy pretendemos dar por comenzada esta empresa de poetas, filósofos y teólogos de cafetín o, mejor dicho, esta asociación que nos es otra cosa que construir un lugar de resistencia ante la constante alienación del intelecto y del humor; y lo hacemos con alguna de aquellas consignas que nos habíamos propuesto: compartir reflexiones, algún tentempié con mate, y un grande ánimo de participar en la entrañable experiencia de divagar sin rumbo predeterminado pero con mucho atino.
De este modo, dejo a la disposición de ustedes mi primera participación en este espacio.

La heroicidad del anti-héroe.

Los cuentos sobre personajes impopulares son un lugar común y gastado por la industria hollywoodense. Sin embargo, aunque algo pueda ser muy frecuentado, en virtud de negligencias, necedades o del exceso de uso, pueden obviarse algunos aspectos importantes y hasta merecedores de un tratado. Al respecto, considero que las historietas que con exagerada pretensión quieren hacer justicia a los anti-héroes sociales, cometen un mayor mal al no dar en la tecla de la cuestión. Quizás uno de los pocos que ha hecho equidad en el asunto haya sido Miguel de Cervantes con su ingenioso hidalgo de la Mancha. Mas en su caso no sólo se aborda el tema de un anti-héroe, sino que lo supera en un complejo entramado de temas plausible de múltiples lecturas. En fin, lo que no se advierte en nuestro asunto es la verdadera probidad del torpe, del anti-héroe. Quisiera, por esto, contarles algo que sucedió hace mucho tiempo, y, al decir mucho tiempo, digo a su vez, mucho mito, pues lo que voy a narrar lo narraré tal cual ha quedado estampado en mi memoria. Dudo que los eventos se hayan sucedido de este modo, pues el hecho de ser el protagonista me quita toda objetividad. No obstante, habrán de conformarse con mi testimonio que, al fin de cuentas, es suficiente para la substancia del relato.
Cuando aún tenía doce años, y me resistía a abandonar el mundo de las infantiles fantasías y de los amigables libros de literatura, comencé a cursar el primer año de la secundaria. Aquel mundo, aunque promisorio, significaba un nuevo comienzo en muchos aspectos. Para mi pueril experiencia todo era novedoso, desde el edificio y las materias hasta los profesores y compañeros. Ciertamente no llegaba de una enseñanza de popularidad y costumbres socialmente exitosas, sobre todo si tenemos en cuenta que provengo de un hogar que se aprecia más el arte que el lujo, más el cine europeo que la industria cinematográfica en serie; más las conversaciones altruistas que de los espontáneos certámenes de chistes soeces. A todo esto hemos de agregarle lo que viene de cuota personal: mi innata torpeza, timidez y propensión por lo anacrónico. Con este semblanteo, como diría un profesor, paso al relato.
Era una mañana de marzo de 1990. Recuerdo que estábamos cursando biología y una “boteresca” profesora nos explicaba las diferencias entre las células procarióticas y eucarióticas. Aunque ya no retengo cuál de ellas era la animal y cuál la vegetal, o si yo tenía que ver con ambas a la vez, estos nombres han quedado esculpidos en mi conciencia a prueba de tiempo a causa de los eventos que pronto referiré. Mientras discurría la insufrible explicación, entonces, la agraciada compañera que se sentaba detrás comenzó a cosquillearme en la cintura. Semejante estímulo, con el valor agregado que lo provocaba una moza de notable belleza, empezó a producirme, casi instantáneamente, el efecto esperado: movimientos convulsivos de la boca y otras partes del rostro y del cuerpo, acompañado de un estentóreo y repetitivo sonido. Para evitar la alharaca de la risa y el antipático llamado de atención intenté, sobrehumanamente, recomponer mi natural compostura. Pero olvidando que cuento con la desdicha de los anti-héroes, he aquí mi desgracia, en vez del estrepitoso sonido de mi garganta, otro sonido emití con mayor estruendo y para mayor asombro y risa del gentío. Mi tarea había consistido en controlar los espasmos que me produjera la risa evitando el irrefrenable movimiento del diafragma y del abdomen; más la descomunal fuerza ejercida, a conciencia, sobre el abdomen produjo que todo terminara en una briosa flatulencia…
La caricaturesca profesora, dirigiéndose al auditorio, inquirió insistentemente con aires de dictatoriales sobre el causante de tamaña ascosidad. A la sazón, conciente de cada uno de los puntos cardinales de mi ruborizado rostro, con gran intrepidez, poniéndome de pie y alzando la mano dije: “Fui yo”.
Concedo que el hecho relatado, y otros semejantes que puedan ocurrírseles a ustedes, en lo substancial no adjudican ni buena fama, ni estima, ni admiración; no obstante implican un gran esfuerzo y valor para arremeter el mal inminente… Los anti-héroes, que por ser tales cometen acciones poco cómodas y escasamente aprobadas por el común denominador, son, en cierto modo, heroicos, pues su anagnórisis comporta un acto virtuoso digno de un héroe. Alguien podría objetar que lo heroico implica una cierta ejemplaridad, y ni la torpeza, ni el ridículo, ni el deslucido temple de los personajes que aquí tratamos llaman, en sí mismo, a la ejemplaridad. Con todo, estos anti-héroes pueden dejar una enseñanza ejemplarísima. Cuando uno se conduce constantemente por la vía de las conductas socialmente exitosas (adviértase que no hablo de acciones socialmente correctas) es probable que se cree el hábito de proyectar una imagen de sí que no sea la propia. En otras palabras, de alienarse en virtud de una constante referencialidad a los cánones del éxito social. En cambio, por su contextura, al anti-héroe no le que queda otra cosa que superar esa rebeldía de no querer ser uno mismo, esa sensación de que ya no vale la pena ser uno mismo, pues no puede escapar de sí mismo, su ser se impone y no lo pueden ocultar. De este modo, contra viento y marea, predica al mundo que el acto de ser uno mismo es un acto de ascetismo fundamental, es aceptar los límites constitutivos del ser personal, y consentir con el tesoro profundo. Al aceptar este tesoro se pone en la senda de encontrarse con Aquél que, sin ser él, es más íntimo a él mismo porque es su Creador. Y, en Él, todo vuelve a tener sentido, hasta la risible trivialidad de ser un anti-héroe según los cánones sociales.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Macanudo por Liniers


21 de agosto de 2008

martes, 2 de septiembre de 2008

Mi enchastre de migas

Cada mañana, podría decirse que cumplo un rito, el cual consiste en cargar mi taza con tres cucharadas y media de azúcar (media, ni más ni menos), llenarla un 90 % de leche (aquí si hay flexibilidad, puede variar entre 70 y 90 %), para luego colmarlo con café. El revolver puede demorarse hasta terminado el primer o segundo pan con manteca. Luego sí, paso a revolverlo para tomarlo un poco menos caliente. Pero no es esta parte del rito la que quiero destacar, sino la otra parte que apenas mencioné. Es el pan lo que me compete hoy. Por comenzar, su elección no es nada fácil, pues debe ser lo más blanco posible. Consumada la elección, paso a partirlo, primero de la baguette y luego el pan en sí, desparramando y derrochando migas por doquier, con el perdón de mis compañeros comensales. Aunque cada uno está tan compenetrado en cumplimentar su rito, que pocas veces nota, gracias a Dios, el enchastre que hago en este paso del mío. Luego de untar con manteca, comienza propiamente el desayuno. El cual trascurre lo que tarde el último comensal en desayunar, en el peor de los casos. Porque en el mejor de los casos, el desayuno demora lo que dure la entretenida pero poco despierta charla que se desarrolle en este. Los temas usuales son: el partido de ayer, el clima de hoy, el partido de hoy, el clima de mañana y lo rico o feo que está el café, la leche o el pan del día de hoy, aunque éste generalmente es de ayer. Nada despierto porque obviamente estamos recién levantados, por lo cual no pidamos demasiadas ideas luminarias a esta hora del día. A veces alguno nos despabila con algún tema puntual, como puede ser las reglas ortográficas y el “de que”, la importancia del café para las horas primeras del día y argumentos afines. Casi nunca falta el aguafiestas que habla de las clases del día, de los exámenes próximos y temas similares.
A pesar de todo esto, hay veces, contadas con los dedos de los pies, que algún intelectual (o no), propone un tema de conversación robado de alguna otra hora del día. Todavía recuerdo una discusión acerca de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y su encarnación, en la que el dulce y la azucarera fueron parte de la explicación gráfica de su vida terrenal.

Una mañana de silencio, por “iluminación divina” ya que de otra manera no hubiera sido posible, tuve una idea un poco (simplemente un poco) más vespertina que matutina. Pero como era día de silencio, sólo la pude compartir conmigo mismo.
Como decía, al terminar de desayunar cada uno carga con su taza y algún trasto más hacia la cocina, dejando al último comensal el oficio de sacudir el mantel en el parque, porque como he dicho anteriormente, cada uno arma un enchastre de migas a su alrededor. Esto es lo que motivó mi idea. Pues, así como Dios provee de alimento a los pájaros del campo, utilizándonos a nosotros y a nuestro enchastre de migas como instrumento y refrigerio respectivamente, Él cuida de nosotros. Incluso, innumerables veces lo hace sin que nosotros mismos nos demos cuenta. Si yo puedo recordar algunas de las veces que fue providente conmigo mismo o con otros, no debe entrar en mi cabeza (y eso que es grande) la cantidad de veces que no tome nota de su Divina Providencia.
Es así como deambulamos, sin darnos cuenta que es Él quien nos va guiando y proporcionándonos todo aquello necesario para nuestra vida y para nuestra santificación. Pues como todo padre que cuida de sus hijos, Él vela por nosotros. Dios es Padre. Dios es bueno. Bueno es todo lo que Él hace. Esto debe iluminarnos también ante los males. Pues, si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?
En mi caso, espero cada día poder hacer más enchastre, para que, mediante las migas de pan, pueda ser instrumento del Padre providente, y no sólo proveer a los pájaros de alimento sino también a los hombres de alimento espiritual. Y algún día, si mi Padre lo dispone, también poder partir el Pan pero para darlo a los demás.

domingo, 24 de agosto de 2008

La abominable vieja del potrero

Todavía recuerdo con espanto un ser que he detestado durante toda mi niñez y que viene ligado a una de las mayores alegrías que recuerdo: los partidos de fútbol en el potrero y hasta que se haga de noche. Yo fui una de las últimas generaciones de privilegiados que pudimos gozar de esas venerables canchitas donde no había turno ni nada que pagar y donde solo hacía falta conseguir un buen número y ... una pelota. Detalle éste no menor, que implicaba a veces el llamado de algún futbolista de escasa habilidad (pero con pelota). El último requisito era un necesario pacto de honor entre caballeros: Pincha, paga! Salvados estos detalles no había ni poder ni principado que pudiera detenernos.
Miento. Si que nos podían parar. Alguien podía pararnos. Este era un ser siniestro que acechaba detrás de la pared o cerco que delimitaban la cancha: La infaltable vieja que no quería que jugáramos en el potrero porque ¿...? Ninguna razón parece suficiente para tal atropello, pero las consecuencias eran devastadoras. Simplemente parece que detestaban la alegría.
Todo esto hubiera sido tolerable de no ser porque, para completar su desatino, la señora amenazaba con no devolver la pelota si la tirábamos a su casa. Esta crueldad llegaba a veces a extremos inhumanos de los que he sido testigo: algunas veces no les bastaba con interrumpir el juego, ni con quedarse impunemente con la pelota, sino que consumando una tarea que clamaba venganza del cielo culminaba su villanía pinchando la pelota y devolviéndola así. A decir verdad, no se si gozaba y reía en la oscuridad al hacerlo pero el efecto era muy evidente e indiscutible... debíamos suspender el partido. Inútil era que gritáramos, mejor dicho cantáramos, el clásico cantito: Señoooora! El crimen estaba consumado. Si a esto se sumaba la crónica falta de pelota, que hacía necesario el recurso a un tronco insoportable, la situación era insostenible. Cada uno debía marchar cabizbajo a su casa. Debía terminarse el partido.
¿De donde surgía tan abominable ser? y ¿que potestad infernal había dado su beneplácito para encanutar las pelotas que le dejábamos? ¿Quién se creían? ¿por qué disfrutaban con tal acto? Y ¿cómo librarse de tal totalitarismo arbitrario?
La causa de tales actitudes inhumanas no han sido descifradas. Sólo se sabe que no dejaban jugar en paz. Porque si su maligna influencia se hubiera remitido únicamente a su casa (Dios libre a quienes la compartían con ella) vaya y pase, pero el gran problema era que su irracional actitud afectaba también el desarrollo del partido. Durante todo el picado acechaba su sombra, amenazando cada tiro al arco, cada puntín, sobre todo si pateaba algún patadura famoso: ¡que no se caiga en lo de la vieja! Ya no se podía jugar tranquilo porque no se le podía pegar fuerte. De esta manera, lo externo al partido, que no tenía una injerencia directa sobre él, terminaba siendo determinante.
Para solucionar esta encrucijada algunos buscaron una solución. No más viejas que nos limiten caprichosamente. No más límites. ¡Vayamos a la canchita sin vieja alrededor que moleste!
Pero aquí, aunque no hubiera extrañas creaturas, el problema era semejante. No ya por exceso de límites de la cancha como los que arbitrariamente ponía la vieja, sino por la falta total de los mismos. Tampoco había tranquilidad. La pelota seguía yéndose de la cancha, solo que ahora bien lejos o a algún lugar inconveniente. En esta situación un émulo del Mencho Medina Bello podía ser fatal. Si le pegaba mal y fuerte, pum... a la ruta; baldío; charco; zanja; techo inalcanzable, etc. etc.... Acá no había viejas, pero seguía habiendo dificultades. La diferencia es que la molestia no eran ya las imposiciones arbitrarias de la vieja sino la falta de contención. Sin ellas, a rezar para que no se pinche la pelota (y que los autos no pisen al que la va a buscar).
De esta manera, por falta o por exceso de límites el partido quedaba rengo. Siempre estaba la sombra de que la pelota se podía escapar. Por lo tanto, la solución a la falta de libertad no era entonces la libertad sin límites. Esto también coartaba la libertad de jugar. La solución era el alambrado.
El alambrado también era un límite. Pero no como los de la vieja, que no quería que jugáramos al fútbol. El alambrado era un límite que hacía que podamos jugar al fútbol en paz, porque buscaba fortalecer lo que de verdad queríamos, que era jugar al fútbol, impidiendo que la pelota se vaya fuera de donde tenía que estar. El sentido del alambrado entonces era positivo, porque ponía un límite necesario que ahorraba de muchos males infernales.
Sin alambrados el fútbol se desdibuja, porque se deja lo más valioso en pos de una mayor libertad ilusoria y falsa. Quien reniega de los alambrados abandona lo que de verdad quería que es jugar al fútbol; no que nos pinchen la pelota.
...
Algunos piensan que no sólo el fútbol sino también la vida se ve amenazada por las viejas. Es decir, creen que es mejor un partido sin límites, porque afirman que nada debe entorpecer la libertad. Por eso afirman la prohibición de toda prohibición y creen que eliminando las viejas eliminan todo obstáculo que perturba los partidos.
El problema es que con las viejas, negaron los alambrados y al hacerlo el gran derrotado fue el fútbol. Ya no existen partidos felices. Todos están amenazados, o por las viejas que en realidad no desaparecieron, o por los autos de la ruta. Aborrecidos los alambrados, no fueron reemplazados por nada, y la consecuencia fue que debemos ir a buscar la pelota siempre lejos, y que cuando no la tenemos que ir a buscarla tenemos miedo. Miedo de patear alto. No sea que la pelota se vaya o, peor aun, la agarre una vieja escondida. Así en vez de una mayor libertad solo queda el miedo. Que el equipo se arregle.
El problema es quien no patea no hace goles. Sin alambrados, ya no hay lugar para equivocarse y un error puede ser fatal. Afirmar la negación de los alambrados es renunciar al riesgo de hacer goles, y quien no hace ni busca hacer goles, solo le importa defenderse. Así, los que niegan los límites renuncian arbitrariamente a la búsqueda de la verdad y al bien moral para evitar la posibilidad de descubrir que en realidad existe algo o alguien superior a nosotros que deba ser criterio de mi obrar. Es decir, se comete la torpeza de renunciar al bien moral para que no haya mal, cuando el mal solo puede existir cuando hay bien, ya que no es más que su privación. Pero al hacer esto ya no hay nada que elegir. Ya no importa si la pelota entra o no en el arco, ahora lo que importa es que haga lo que YO quiera. Es decir, lo importante deja de ser el disfrutar de los goles, para pasar a ser el gozar de lo que arbitrariamente he elegido (que ya no puede ser bueno ni malo porque lo he negado para evitar las prohibiciones). No importa que mi equipo gane sino que YO me divierta. As{i, la funesta consecuencia es invitable: Nadie quiere jugar en equipo ya que cada uno juega para sí mismo y para la tribuna. “Si no hay más goles que hacer por lo menos que me aplauda la tribuna...”
Pero como todos sabemos en el fútbol, mientras no se hagan goles lo mismo da hacer caños que no tocar la pelota. Sin goles nada tiene sentido. Por eso quienes niegan la posibilidad de alcanzar el arco para negar la posibilidad de que exista algún límite, abandonan con ello la posibilidad de conocer la grandeza del hombre. Al no querer reconocer que la pelota además de caer en lo de la vieja podía caer en la red, renunciaron a patear y ahora esto es un embole. Mejor irse a casa.
Ya no hay viejas, pero tampoco hay goles: O a O. No hay límites, pero tampoco hay alegría verdadera, todo da lo mismo.
Así llegamos a la última y más profunda consecuencia: si los partidos no van a tener goles y son un aburrimiento, mejor quedarse mirando televisión. En definitiva, la negación de los límites lleva a la negación de lo que era de verdad necesario, ya que ahora a nadie le interesa el fútbol. Así la presunta afirmación de la diversión y la alegría sin límite termina con el mayor de los emboles.
Y esto es lógico que sea así, porque quien niega los límites, aun los racionales, pierde todo delimitación de lo que en realidad vale, quedando librado a su suerte y a su puntería. Y si todo vale lo mismo ya nada tiene sentido. Lo realmente grande, que requiere esfuerzo y gran preparación ya no le interesa a nadie. Si no hay parámetros, finamente sopesados por la experiencia de los hombres sabios y prudentes, con los cuales juzgar lo que realmente vale la pena entonces todos nos tiramos a chanta. Y así paradójicamente se vuelve al principio: Quien comenzó negando los límites razonablemente afirmados por la tradición de los grandes hombres termina quedando a merced de las viejas y de los charcos. O peor aún: queda librado a sí mismo.
...
Algunos piensan que Dios es como las viejas de los potreros, que odia toda verdadera alegría y que por eso ha dado a los hombres todo tipo de prohibiciones insoportables. Piensan que no quiere que los hombres disfruten de la vida y que por eso reprime todo lo bueno que hay en ella. Piensan, en fin, que es mejor vivir sin Dios para no caer en manos de las viejas que no devuelven la pelota.
Pero se equivocan porque la verdad es que Dios quiere que juguemos al fútbol. Por eso, a veces, pone alambrados. Es decir, Dios quiere que no nos perdamos en cosas superfluas que terminan aburriendo y haciendo la vida insípida sino que disfrutemos de las cosas importantes, porque pocas cosas, más bien sólo una, es necesaria. Pero son pocos los que la encuentran.
Y porque son pocos, es necesario que haya límites. Estos son necesarios para aprovechar mejor lo bueno de la vida y para reconocer lo que la acecha, porque los alambrados hay que saber donde y como ponerlos. Por eso, para no equivocarse, es mejor dejar a Dios, que es el dueño de la canchita.
Dios quiere que juguemos al fútbol.
...
Cuando era chico creía que el paraíso era un eterno partido de fútbol... Todavía lo creo, solo que ahora creo que también hay otras cosas más. De lo que estoy seguro es que en el cielo hay potreros en los que Jesús, hace goles de media chilena todos los días. Los partidos no terminan como acá con la noche, porque allá no oscurece (cf. Apoc. 22, 5), allá terminan cuando Mamá llama: “¡a tomar la leche!”.
La diferencia es que en el cielo los alambrados no van a hacer falta. Jesús no patea a la tribuna.